Mil anos de cultura
Tras muchos siglos de migración, el pueblo magiar llegó de las estepas de Europa Oriental a su patria definitiva: la Cuenca de los Cárpatos, el lugar que antaño había constituído el imperio ávaro. Después de la Conquista de la Patria, acontecida en el ańo 896 y dirigida por el príncipe Árpád, el pueblo húngaro muy rápidamente abandonó el modo de vida ganadero nómada, cambiándolo por la agricultura, y luego de poner fin también a las correrías occidentales, como resultado de la derrota que le infligieran las tropas del emperador Romano Germánico, Otón I, en Augsburgo en 955, ya por iniciativa del gran príncipe Géza, comenzó a aproximarse a las naciones y a la cultura de la comunidad de Estados cristianos occidentales. Géza, a quien los cronistas occidentales ya llamaban rey ("rex"), en 973 envió una delegación de alto rango a la Dieta Imperial alemana de Quedlinburgo, invitó a su corte al obispo de Praga, al pío Adalberto -quien más tarde, en un viaje de catolización, fue asesinado por los prusianos paganos, o sea, los integrantes de una tribu eslava occidental-, contribuyó a la fundación del monasterio benedictino de Pannonhalma bajo la advocación de San Martín, incluso él mismo se bautizó, aunque paralelamente conservó sus anteriores costumbres paganas.
Su hijo, Vajk, quien fue bautizado con el nombre de István (Esteban), ya fue educado para ser un monarca cristiano y pidieron como esposa para él a la hermana mayor del rey Enrique II de Baviera: Gisela. En el año 1000 Esteban se hizo coronar con la corona solicitada del Papa Silvestre II y terminó la labor de construir un Estado, iniciada por su padre. Fundó diez diócesis, varios monasterios, mandó construir iglesias, organizó el sistema de administración pública de los condados reales, derrotó a aquellos jefes tribales que querían conservar la religión pagana y se confrontaron con la orientación europea, pero igualmente defendió su país frente los ataques provenientes de Occidente. Guió su pueblo al conjunto de las naciones de la Europa cristiana y creó el Reino de Hungría. Con toda razón su sucesor posterior, el rey Ladislao, lo hizo elevar entre los santos de la Iglesia, junto con el heredero de Esteban tempranamente fallecido, el pío príncipe Emerico y con el obispo Gellért (Gerardo), quien murió como mártir en los acontecimientos de la sublevación pagana de 1046.
Los orígenes de nuestra cultura y literatura nacionales, se trate de las tradiciones orales transmitidas por el pueblo o de las primeras huellas de la cultura escrita, se pierden en la penumbra de tiempos remotos. Somos herederos de numerosas leyendas históricas relativas a la procedencia de los húngaros, a su migración y acerca de la conquista de la patria. Probablemente, la escritura en idioma húngaro se remonte a un pasado mayor de lo que nos indican los recuerdos conservados, ya que la cultura eclesiástica y cortesana húngara tiene un pasado de casi mil años y desde que San Esteban, el primer rey de los húngaros, se adhirió junto con su pueblo al cristianismo occidental, en los conventos, los capítulos y en las cancillerías reales aumentaba constantemente el número de personas que sabían leer y escribir, si bien es cierto en aquel entonces estos utilizaban en primer lugar el idioma latín, generalizado en la Europa medieval. Sin embargo, tallados en piedra (por ejemplo, en templos de Transilvania), se conservaron algunos recuerdos de la antigua escritura rúnica de los paganos. Bastante temprano surgieron también textos en idioma húngaro, escritos con el alfabeto latino. Después de las esporádicas huellas, procede de mediados del siglo XII nuestro primer texto en prosa: el "Halotti beszéd” (Discurso mortuorio), traducción al idioma húngaro de un escrito de oración necrológica en latín. De un siglo más tarde, proviene el primer poema en húngaro, el "Mária-siralom” (Lamentación de María), creado también sobre la base de un original latino. Después de estos vinieron traducciones de la Biblia, leyendas que trataban acerca de la vida de los santos húngaros, sermones y otros textos eclesiásticos, mientras que el latín siguió siendo por mucho tiempo más el idioma de las escrituras laicas: de las obras históricas y los diplomas.
Los húngaros crearon su propia cultura nacional en el punto de confrontación de dos grandes culturas: provenían del Este, habían adquirido sus tradiciones originales de la cultura ancestral de la región de las estepas de Eurasia, no obstante, como consecuencia del sincero compromiso cristiano y de la inteligente visión de la situación política de sus primeros reyes, aceptaron y abrazaron la cultura occidental y solamente un siglo después de su establecimiento en la Cuenca de los Cárpatos ya encontraron su lugar entre las naciones occidentales. El idioma húngaro pertenece a la familia de lenguas finougrias, los parientes de los magiares son los finlandeses, los estonios y numerosos otros pueblos pequeños que en la actualidad viven en territorio de Rusia, en los montes Urales y en la región del río Volga. Sin embargo, su procedencia étnica también une a los húngaros, en parte, a los pueblos turcos de Asia Interior, la original melodiosidad de su música y su arte decorativo tienen asimismo orígenes turcos. Al vivir en el campo de atracción de la cultura occidental, asimilando la espiritualidad y los valores de la civilización cristiana, la herencia cultural traída del Este solamente se conservó en la estructura profunda de la cultura, antes que nada en el idioma húngaro, el cual no sólo el origen de su vocabulario básico o de su gramática lo unen a la cultura de los pueblos orientales sino también su carácter poético, capaz de crear mitos.
Con todo ello, la nación húngara se convirtió en una nación completamente occidental, cuya evolución se cumplió gracias a los sucesores cultos y de mano fuerte de San Esteban: San Ladislao y Kálmán "el bibliófilo”, Béla III y Béla IV. Desempeñaron un papel similar, es más, llevaron a cabo la grandiosa tarea de la creación de la gran potencia medieval húngara, los monarcas de la dinastía Angevina: Carlos Roberto y Luis el Grande, que a su vez era también rey de Polonia, por lo tanto reinaba sobre un imperio enorme.
La Hungría histórica, antaño rodeado por las montañas de los Cárpatos, era la zona fronteriza y el último baluarte de la civilización occidental: al sur de ella se encontraba el imperio bizantino, representante del cristianismo oriental, luego el imperio turco musulmán que surgió sobre las ruinas del primero; al este de ella estaban los kanatos tártaros y después la potencia mundial rusa. En aquellos tiempos Hungría era una poderosa fortificación del cristianismo occidental; la dinastía real procedente del conquistador del territorio patrio, Árpád, dio más santos a la Iglesia que cualquier otra casa real católica, los caballeros y los reyes caballeros húngaros participaron en las cruzadas dirigidas a la Tierra Santa y el país desempeñó al mismo tiempo cierto rol misionario y transmisor cultural hacia el este y el sur. Ya en los siglos de la Edad Media, el Reino de Hungría era considerado un baluarte del cristianismo occidental. En efecto, las fronteras orientales y meridionales del país constituían a la vez las fronteras del Occidente. Esto lo demuestra muy bien el hecho de que Hungría era la región fronteriza de la construcción de iglesias románicas y góticas: las catedrales San Martín, de Bratislava (la antigua Pozsony) y Santa Isabel, de Kosice (la antigua Kassa), así como los templos Nagyboldogasszony (de Nuestra Señora de Buda), San Miguel, de Cluj (la antigua Kolozsvár) y la iglesia Negra de Brasov (ant. Brassó) siguen siendo, aún en nuestros días, el testimonio de la expansión de la civilización occidental en el Oriente. La arquitectura, la pintura y la escultura medieval húngara surgió en gran parte por iniciativa eclesiástica y en ello jugaron un papel considerable las órdenes monásticas, particularmente los benedictinos y los cistercienses, a la vez que el poder real también nos legó importantes recuerdos arquitectónicos, entre otros, en Esztergom, Székesfehérvár y Buda.
El Estado húngaro medieval, a pesar del indudable desarrollo, de vez en cuando tuvo que enfrentar crisis muy graves, generalmente como consecuencia de que las potencias enemigas que atacaban del Este, en varias ocasiones destruyeron los resultados alcanzados hasta el momento. De esta manera, las tropas mongoles (tártaras), que a mediados del siglo XIII invadieron la parte oriental de Europa y que en 1241 en la batalla de Muhi derrotaron al ejército del rey Béla IV, destruyeron casi por completo el país, haciendo huir incluso al rey, quien después de su regreso, prácticamente se vio obligado a llevar a cabo con éxito una "segunda fundación de la patria”. En el siglo XV apareció en la frontera un nuevo enemigo, de peligrosidad nunca vista: el imperio turco otomano que se expandía desplegando enormes fuerzas militares. Nuestro excelente estratega, János Hunyadi, logró detener esa expansión por largas décadas, cuando en 1456, junto a Nándorfehérvár (la actual Belgrado), infligió una derrota histórica a las tropas turcas. Gracias a esta victoria, que en realidad libró para siempre a la Europa cristiana de la expansión turca, el hijo de Hunyadi, Matías, instalado en el trono real, tan sólo tuvo que entrar en guerras turcas de menor trascendencia, por lo cual intentó edificar un imperio en el Occidente, para emplear luego la fuerza de éste contra los turcos. El Reino de Hungría, ubicado en el orden mundial occidental, se apoyaba sobre bases económicas sólidas (el país era uno de los centros de la minería de metales preciosos de la Edad Media y la renta del rey húngaro alcanzaba los ingresos del monarca de Inglaterra), estableció una organización estatal duradera y creó una rica cultura. Dan prueba de ello no solamente los numerosos y excelentes monumentos de la arquitectura, la pintura y la escultura románica y gótica europeas, sino también el fortalecimiento de la literatura medieval húngara: los códices en idioma húngaro (gran parte de los cuales, lamentablemente fue destruído por las guerras), constituyen una importante biblioteca virtual. En la segunda mitad del siglo XV, durante el exitoso reinado del rey Matías en Hungría, en los palacios de Buda y de Visegrado se estableció un destacado taller de la cultura renacentista europea. La influencia del Renacimiento de Italia dejó sus huellas en Hungría mucho antes que en los demás países de la región centroeuropea. Las magníficas obras maestras de la biblioteca de Matías en Buda, los llamados Corvinas, siguen siendo, desde aquellos tiempos, piezas mundialmente apreciadas del arte tipográfico renacentista.
Hungría no solamente asimiló la cultura cristiana occidental, sino también defendió sus valores con grandes sacrificios y en estas violentas luchas más de una vez quedó sometida por el enemigo proveniente del Este. Constituyó un viraje trágico de las seculares guerras turcas, cuando en 1526 el sultán turco consiguió vencer al rey húngaro en el campo de batalla de Mohács, victoria ésta que tuvo fatales consecuencias para los húngaros. En 1541 también quedó en manos de los turcos la capital del reino, Buda, y el país se dividió en tres partes: en las zonas occidentales asumió el poder la Casa de los Habsburgo, el centro del país fue dominado por los turcos, mientras que en las regiones sudorientales, en Transilvania se estableció un principado húngaro independiente, como último baluarte de la continuidad nacional. La invasión turca duró cientocincuenta años, y fue tan sólo después de 1686, tras la reconquista de Buda, que se restableció poco a poco la organización estatal del reino de Hungría.
Después de las derrotas sufridas a lo largo de la historia, la cultura nacional, y sobre todo la literatura sirvió para reanimar la vitalidad de los húngaros. Contribuyó a fomentar esa fuerza vital la Reforma de Lutero y luego la de Calvino, que también llegaron a suelo húngaro, promoviendo el desarrollo ulterior de la cultura en lengua nativa. Pero, también aportó a esto la renovación católica, que igualmente reconoció la importancia de la cultura nacional. En la época de las guerras turcas y de las luchas de la Reforma, el espíritu creador húngaro se manifestó en la obra de Bálint Balassi, uno de los exponentes más originales de la poesía renacentista húngara; de Péter Pázmány, excelente predicador y fundador de universidad, quien organizó la Contrarreforma católica y de Miklós Zrínyi, exitoso estratega y autor de la epopeya barroca, titulada "Szigeti veszedelem” (El sitio de Sziget). La conquista turca y el gobierno Habsburgo consideraban a Hungría como zona fronteriza del imperio, por ello reprimieron las aspiraciones independentistas húngaras, representadas en primer lugar por los príncipes de Transilvania: István Bocskai, quien se volvió contra los monarcas Habsburgo, Gábor Bethlen, y luego Ferenc Rákóczi II, elegido príncipe por los estamentos húngaros.
Debido al desmembramiento del país y a la pérdida de su independencia, las instituciones de la cultura occidental no pudieron desarrollarse verdaderamente. De manera que, a diferencia de siglos anteriores, el país no tuvo una corte real propia, que en todos los países europeos era un importante ente organizador del progreso cultural. La cultura nacional se albergaba en la corte principesca, más modesta, de Transilvania, en los palacios de la alta nobleza, en las aulas episcopales, en las escuelas eclesiásticas, en los conventos y en las parroquias. La causa de la literatura y de la nación seguían estrechamente entrelazadas, el erudito enciclopedista de Transilvania, János Apáczai Csere, proclamó el programa de las escuelas en lenguas vernáculas, y los memorialistas transilvanos ilustraron de forma personal los acontecimientos históricos. Las memorias del príncipe Ferenc Rákóczi II dieron fiel testimonio de las luchas internas que conmocionaban a una gran personalidad, y en la corte del príncipe vivía Kelemen Mikes, renovador de la prosa húngara, quien se vio obligado a exiliarse en Turquía, junto con su señor.
Al finalizar las guerras turcas y habiéndose apaciguado las luchas de independencia, en el siglo XVIII comenzaron en Hungría las décadas de un desarrollo relativamente tranquilo. En ello jugó un papel muy importante la reina María Teresa, quien debido a su política tolerante y al cariño que sentía por el pueblo fue la primera descendiente de la dinastía de los Habsburgo que conquistó la simpatía de los húngaros. Tras las enormes devastaciones, el país volvió a ser reconstruído: las construcciones barrocas de la época cambiaron la antigua imagen de Hungría. Se erigieron palacios, catedrales, bibliotecas y escuelas y al cabo de poco tiempo también renació la cultura literaria. Los jóvenes húngaros que prestaban servicio en la guardia de corps en la corte vienesa fueron los primeros en conocer los ideales de la Ilustración francesa y alemana y por iniciativa de ellos cobraron fuerza las bellas letras y la literatura científica en lengua vernácula. En este período el país, como reino que disponía de un cuerpo estatal propio y funcionaba de manera autónoma, formaba parte del imperio Habsburgo, por lo que su independencia no era total. El muy popular hijo de la reina, José II, deseaba establecer una monarquía centralizada y aunque introdujo reformas de gran valor en el ámbito social y religioso, no tenía la intención de cumplir las aspiraciones de los húngaros en cuanto a temas culturales y del idioma.
Su sucesor eliminó incluso las reformas introducidas por iniciativa de José II. Por ello, el movimiento republicano húngaro, surgido a raíz de la ilustración francesa y de la revolución parisina de 1789, aspiró a cambios muy radicales, pero sin ningún éxito: sus dirigentes fueron ejecutados o encarcelados.
Por consiguiente, los talleres de la independencia nacional y de las transformaciones sociales se organizaron en el campo de la literatura, en pos de las ideas de la ilustración y del liberalismo occidentales. Tras el tormentoso siglo y medio del yugo turco, la vida intelectual húngara volvió a encontrar la corriente principal del desarrollo cultural occidental. Eran representantes de estos ideales el ex-prisionero Ferenc Kazinczy, quien se consagró a la renovación moderna del idioma húngaro, Mihály Csokonai Vitéz, quien en su breve vida implantó el mundo sentimental de la poesía rococó y Dániel Berzsenyi, en cuyas formas poéticas neoclásicas ya aparecía el universo visionario y filosófico del romanticismo.
La primera mitad del siglo XIX fue la era heroica tanto de la historia como de la literatura húngaras. Las dietas húngaras y la transformación social de la época sentaron las bases de la liberación de la servidumbre de la gleba y de la edificación de la sociedad burguesa; el húngaro se convirtió en el idioma de la vida estatal y la cultura magiar pudo dar alcance una vez más a la cultura de las naciones occidentales. El conde István Széchenyi, persona de una vasta cultura occidental, quien se orientaba sobre todo a base de ejemplos ingleses y también resultó ser un excelente autor de diarios, se puso a la cabeza de la labor de construcción económica y política de la llamada "era de las reformas” húngara. A raíz de su abnegado trabajo organizador se creó la Academia de Ciencias de Hungría, se construyó el Puente de Cadenas, que unió Buda y Pest, se inició la edificación de la red ferroviaria húngara y la regulación de los ríos Danubio y Tisza.
En la literatura húngara, los representantes del romanticismo nacional evocaron el pasado heroico del país, profesando el ideal de la libertad y ampliando los horizontes nacionales hasta las perspectivas europeas. Las figuras más destacadas de esta época fueron el poeta y político Ferenc Kölcsey, autor del himno nacional, József Katona, creador del drama nacional, Mihály Vörösmarty, quien se expresó en el lenguaje de la poesía mítica del gran romanticismo europeo, Miklós Jósika, autor de novelas históricas populares y József Eötvös, propagador de los ideales del liberalismo.
La aspiración a reformas sociales y políticas despertó el interés por la cultura y la vida del campesinado, y al cabo de poco tiempo la poesía ya se inspiraba en el lenguaje y en las costumbres populares, haciéndose eco de los deseos del pueblo. Los clásicos de este populismo poético fueron Sándor Petőfi y János Arany, cuya suerte también puede ser ejemplar. Ambos tomaron parte en los acontecimientos de la revolución que estalló el 15 de marzo de 1848, para que en suelo húngaro también se hiciese realidad el triple lema de la revolución francesa de 1789. La revolución buscaba conquistar la independencia total del país frente al imperio austríaco y quería asegurar la igualdad de derechos de los ciudadanos; deseaba establecer un Estado burgués moderno frente al régimen de los estamentos. El líder de esta revolución fue Lajos Kossuth, excelente orador y pensador político, afamado también más allá de las fronteras del país. A la revolución que no derramó ni una sola gota de sangre, le siguió una sangrienta guerra de independencia; la corte vienesa primero instigó contra los húngaros a una parte de las minorías nacionales de Hungría, luego intervino con fuerza militar, pero finalmente sólo pudo someter la autodefensa de los húngaros uniendo fuerzas con el Estado más autocrático de la Europa de entonces, la Rusia de los zares. En esta lucha de defensa legítima sacrificó su vida Petőfi y guardó los dolorosos recuerdos de esta aplastada guerra de independencia, en su poesía elegíaca, Arany.
Después de la derrota, nuevamente le correspondió a la cultura nacional, particularmente a los escritores, el papel de mantener despierta la voluntad de vivir de la nación y de brindar ideales a los húngaros desilusionados. Los poemas épicos de János Arany evocaron las páginas más gloriosas de la historia húngara, Mór Jókai en sus novelas escribió verdaderos poemas heroicos acerca del amor a la libertad de los húngaros, Zsigmond Kemény en sus novelas históricas y ensayos políticos puso de manifiesto el requisito del autoconocimiento nacional y de la cuerda política realista, mientras que Imre Madách representó la visión mítica de la historia y del futuro de la Humanidad entera, en su drama titulado "La tragedia del hombre”. Desempeñó un rol semejante la música nacional: las óperas de Ferenc Erkel y la música de Ferenc Liszt (lo mismo que su actuación personal) sirvieron igualmente al fortalecimiento de la identidad nacional.
Los húngaros lograron resistir el grave peso de la opresión, sin embargo, como resultado de los esfuerzos del prudente político de la reforma, Ferenc Deák, del monarca Habsburgo que quería hacer la paz con la nación, Francisco José I, y de su cónyuge, la reina Isabel, quien sentía un amor sincero por los húngaros, en 1867 se produjo el compromiso austro-húngaro y se formó la Monarquía Austro-Húngara dualista, con sede en Viena y Pest-Buda. En la accidentada historia de los húngaros nuevamente llegó la época del progreso, a la vez que el peso del país aumentaba paulatinamente dentro de la Monarquía, así es como en el congreso de Berlín de 1878, llamado a regular las relaciones entre las grandes potencias europeas, el ex-revolucionario húngaro, conde Gyula Andrássy, representó a la Monarquía.
A lo largo del casi medio siglo, transcurrido entre el compromiso y la primera guerra mundial, en Hungría se llevó a cabo una fuerte transformación burguesa, se desarrolló sobremanera la industria, el comercio, se completó el sistema ferroviario y se establecieron las instituciones de la constitucionalidad parlamentaria. Sin embargo, el país en vías de desarrollo y de fortalecimiento, hubiera debido vencer problemas sumamente graves. Casi la mitad de la población de Hungría la constituían minorías nacionales (alemanes, rumanos, eslovacos, serbios y rutenos), y estos pueblos exigían derechos autónomos, que el gobierno húngaro no tenía la intención de concederles. Además de ello, el país necesitaba urgentes reformas sociales, seguía en vigor el sistema latifundista y las masas del campesinado empobrecido, los obreros organizados de las grandes industrias y las capas burguesas e intelectuales, cada vez más fuertes, reivindicaban transformaciones radicales. No obstante, los gobiernos conservadores húngaros se oponían consecuentemente a cualquier intento de reforma. Los poemas pesimistas de Gyula Reviczky y de János Vajda, así como las novelas irónicas de Kálmán Mikszáth informaban sobre este período, cada vez más rico, sin embargo sumido entre conflictos. Una vez más, la vida intelectual debió representar los ideales del desarrollo libre, del compromiso con las nacionalidades y de la transformación democrática. A comienzos del siglo XX, bajo el signo de la renovación nacional y cultural, surgió un movimiento de escritores formado en torno a la revista "Nyugat” (Occidente), que le dio un nuevo significado a la orientación occidental tradicional de la literatura húngara, al implantar las grandes corrientes intelectuales y artísticas del fin de siglo y comienzos de la nueva centuria. La poesía mítica de Endre Ady, la obra representativa de altos principios morales de Mihály Babits, la perspectiva europea de Dezső Kosztolányi, el culto a la belleza de Árpád Tóth y la lira de Gyula Juhász que se concomía entre conflictos espirituales, hicieron que se expresara esa modernidad húngara y europea al mismo tiempo, al igual que las novelas descriptivas de la realidad, de Zsigmond Móricz, y el mundo de ensueño de Gyula Krúdy, que en su manejo del tiempo llegó a los mismos resultados que los renovadores europeos occidentales del género de la novela.
También participaron en la renovación intelectual nuestros compositores y artistas plásticos, entre ellos Béla Bartók y Zoltán Kodály, quienes injertaron las tradiciones de la música antigua y popular húngara en la cultura musical moderna y, por otro lado, József Rippl-Rónai, Tivadar Csontváry Kosztka y Lajos Gulácsy, quienes crearon una genuina pintura húngara en la huella de los ideales internacionales del impresionismo, del simbolismo y del modernismo. Al mismo tiempo, esta pintura húngara se ubicó orgánicamente dentro de la historia del arte europeo, es más, además de Viena, Budapest fue el principal foco del arte modernista (Sezession).
La renovación intelectual acontecida a comienzos del siglo XX en Hungría, fue promotora de una verdadera "nueva era de reformas”. Sin embargo, los planes reformistas no tuvieron resultados, porque en 1914 estalló la primera guerra mundial, que los húngaros, junto con los demás pueblos de la Monarquía, combatieron hasta el final y perdieron en el bando de la Alemania imperial. La derrota sufrida en la guerra no permitió la reorganización moderna, la transformación federal del imperio austro-húngaro, sino por lo contrario, se desintegró incluso la antigua Hungría. Tras la transformación democrático-burguesa que tuvo lugar principalmente en Budapest, en el otoño de 1918, el golpe militar comunista de 1919, encabezado por Béla Kun y luego las conmociones sociales provocadas por la contrarrevolución "blanca", encabezada por el almirante Miklós Horthy, el tratado de paz firmado en el palacio Trianon, cerca de París, redujo a una tercera parte el territorio histórico de la Hungría que se hacía independiente, disminuyó su población a menos de la mitad del número anterior de habitantes y sometió a uno de cada tres húngaro al poder de gobiernos ajenos, convirtiéndolos en minoría.
La vida económica húngara se repuso con muchas dificultades de las pérdidas sufridas y el sistema político implantado durante la regencia de Miklós Horthy no promovió ningún tipo de modernización social verdadera, sino todo lo contrario: mantuvo los privilegios de las capas dominantes tradicionales. Aún así, en los años treinta se manifestaron los resultados de la modernización económica y cultural, estos últimos se debieron al ministro de Cultura, conde Kunó Klebelsberg, quien actuó con un concepto bien definido. Sin embargo, la capa dirigente política húngara y el pueblo húngaro no pudieron aceptar las injusticias del pacto de paz de Trianon y reaccionaron con desesperación ante la política de represión del que fueron víctimas los tres millones de húngaros empujados a la suerte de transformarse en minorías. Por consiguiente, la política del país en primer lugar no se preocupaba de la modernización necesaria de la sociedad, sino que se dedicaba al asunto de la subsanación de los agravios de Trianon: la revisión territorial. En aquellas circunstancias históricas desfavorables, la literatura tuvo que representar nuevamente los ideales de las reformas sociales y del progreso europeo. El círculo de la revista "Nyugat” (Occidente): Mihály Babits, Dezső Kosztolányi, Frigyes Karinthy, Milán Füst, Jenő Tersánszky Józsi y la nueva generación de escritores que se alineó junto a ellos: Lőrinc Szabó, Sándor Márai, Sándor Weöres, Miklós Radnóti, así como Károly Kós, Sándor Reményik, Lajos Áprily, Jenő Dsida y Zoltán Jékely, de Tranislvania, se manifestaron, en representación del humanismo europeo, contra la barbarie de la época: tanto contra los movimientos de extrema derecha como de extrema izquierda. Lajos Kassák, destacada personalidad creadora del vanguardismo húngaro, reclamaba la transformación con ímpetu rebelde, mientras que Sándor Sík, representante de la espiritualidad católica, se manifestaba en defensa de los valores cristianos universales. Los representantes de la izquierda literaria: Attila József, Lajos Nagy y Tíbor Déry, buscaban una nueva armonía humana dentro del orden de una sociedad comunitaria. Una de las tendencias intelectuales más fuertes de la época fue la formada por los llamados "escritores del pueblo”, que se encargaron de la representación de los intereses campesinos: Gyula Illyés, László Németh, János Kodolányi, István Sínka y Áron Tamási, quien trabajaba en Transilvania sometida a la soberanía de Rumanía, unieron el ideal de la democracia agraria y la voluntad de la renovación nacional con la poética de un realismo literario modernizado.
A la espera de la subsanación de los agravios padecidos a consecuencia del tratado de Trianon, Hungría se convirtió paulatinamente en aliada de Alemania y de Italia, y mediante la intercesión de ellas, en parte pudo recuperar los territorios perdidos: en 1938, la franja habitada por húngaros de la llamada "Región Alta" (Felvidék), en 1939 la "Subcarpática" (Kárpátalja), en 1940 Transilvania del Norte y la "Tierra de los Seclers" (Székelyföld), y en 1941 la región de Bácska. No obstante, todo ello comprometió al país con las "potencias del eje”, de manera que en 1941 Hungría también se convirtió en parte beligerante, luego en el invierno de 1942-1943 la mayor parte de su ejército pereció, víctima de los combates librados junto al río Don. Ni el conde Pál Teleki, quien se sacrificó a sí mismo, ni Miklós Kállay, quien desarrolló una política muy sobria y táctica, pudieron salvar al país de los sufrimientos de la guerra.
La vida intelectual se enfrentó con mucha decisión a la política bélica, proclamando una "resistencia intelectual”. Las personalidades más destacadas de la literatura húngara también se opusieron a la invasión hitlerista acontecida en la primavera de 1944, que expuso al país a las hostilidades y condujo a la deportación y al exterminio de gran parte de los judíos de Hungría. Nuestra literatura se enfrentó a la violencia de la guerra y cuando retornó la paz, nuevamente pudo desempeñar un importante rol al servicio del renacimiento intelectual y moral del país. Durante el período democrático que apenas duró tres años, se configuró una rica vida literaria, talentosos escritores jóvenes se unieron a las generaciones de mayor edad: fortalecieron las filas de los sucesores del movimiento de la revista "Nyugat” los poetas János Pilinszky y Ágnes Nemes Nagy, los prosistas Géza Ottlik, Iván Mándy y Magda Szabó, a la vez que se sumaban al bando popular László Nagy, Ferenc Juhász e István Kormos.
La dictadura comunista establecida con apoyo soviético no solamente ahogó los anhelos de independencia y la creatividad del pueblo húngaro, sino también la libertad del escritor. Decenas de miles de personas fueron encarceladas o internadas en campamentos de trabajo forzado, la tiranía marcada con el nombre de Mátyás Rákosi destruyó casi por completo la estructura mental de la sociedad. Esta dictadura, algunos días fue barrida por la revolución húngara del 23 de octubre de 1956, en cuya preparación espiritual también jugaron un papel importante los escritores. La insurrección comenzó con una manifestación masiva de la juventud universitaria, y a raíz de la interposición armada de la milicia y, luego por la intervención de las tropas soviéticas, se convirtió en una lucha de independencia, en la cual tuvieron un rol clave los obreros jóvenes y los intelectuales. El éxito temporal de la revolución colocó a la cabeza del gobierno a Imre Nagy, líder del ala reformadora del partido comunista, quien apoyaba sinceramente las reivindicaciones revolucionarias; el gobierno revolucionario restableció el sistema pluripartidista democrático, abolió la Autoridad de Defensa del Estado, la organización terrorista de seguridad interna, y anuló el Pacto de Varsovia que el gobierno soviético había impuesto al país.
La revolución de los húngaros y su lucha de independencia librada contra la invasión foránea fueron aplastadas por la fuerza militar soviética. El nuevo gobierno dirigido por János Kádár fue puesto en funciones por la dirección del partido soviético. Este régimen volvió a hacer uso -hasta la llamada "dictadura blanda”, introducida a mediados de los años setenta- de los procedimientos de la dictadura terrorista anterior. A raíz del fracaso de la revolución, muchos huyeron de Hungría, el nuevo poder mandó a cientos de personas al patíbulo, casi medio centenar de escritores fueron encarcelados, entre ellos también Árpád Göncz, quien actualmente es el presidente de la República de Hungría. La vida intelectual tardó en volver en sí, no obstante, desde fines de los años sesenta ya apareció la intelectualidad independiente y en las asambleas de la Federación de Escritores Húngaros pudo encontrar expresión la crítica social de carácter opositora.
En este período trabajaron grandes generaciones de la literatura húngara. Estuvieron al servicio de la renovación permanente aquellos escritores, cuya obra se desarrolló después de 1956, por ejemplo, en la poesía encontramos a Sándor Csoóri, Ottó Orbán, Dezső Tandori, István Ágh, György Petri, en la narrativa a Miklós Mészöly, Tibor Cseres, Ferenc Sánta, en el género dramático a István Örkény, y después a Péter Esterházy y Péter Nádas, quienes sentaron las bases de la narrativa posmoderna húngara. Autores de talento creador reflejaron la vida, los problemas y las esperanzas de los húngaros confinados a la condición de minorías, entre ellos el narrador y dramaturgo András Sütő y los poetas Sándor Kányádi y Domokos Szilágyi. Incluso en los decenios de la dictadura, la literatura húngara siempre estuvo al servicio de la continuidad de la vida nacional, representando los valores de la cultura europea, por lo que desempeñó un rol dirigente también en la transición democrática acontecida al final de los años ochenta.
A partir de mediados de los años ochenta, en la vida literaria, entre los economistas reformadores y en el ámbito de la llamada "oposición democrática”, publicadora de "samizdat” (publicaciones clandestinas), se fortalecieron los movimientos de la intelectualidad de oposición e independiente, luego, como consecuencia de la crisis generalizada del imperio soviético, a finales de los años ochenta se desencadenó el proceso de cambio del sistema político, o sea, de democratización. Como resultado de ello, nuevamente se formaron los partidos históricos: el Partido de los Pequeños Propietarios y el Partido Demócrata Cristiano. Sin embargo, los que cobraron auténtica popularidad, fueron las agrupaciones políticas de nueva creación: el Foro Democrático Húngaro, la Alianza de Demócratas Libres y la Federación de Jóvenes Demócratas. Tras la disolución del Partido Obrero Socialista Húngaro, se creó el Partido Socialista Húngaro. En 1990, como resultado de elecciones pluripartidistas, se formó el gobierno de centro-derecha de József Antall, Árpád Göncz fue elegido presidente de la república, y más tarde, de acuerdo con la alternación política, en 1994 formó gobierno Gyula Horn, ubicado a centro-izquierda, mientras que en 1998 lo hizo Viktor Orbán, situado a centro-derecha. Se establecieron en Hungría las instituciones del Estado de derecho democrático, en 1999 el país se convirtió en miembro de la OTAN, y previsiblemente, dentro de algunos años formará parte de la Unión Europea.
Ha cambiado también considerablemente la situación de los húngaros que viven en los países vecinos. Los 1,8 a 2 millones de húngaros que viven en el territorio de Rumanía (en la Transilvania histórica, en el Partium y la región de Bánság), los 600 mil que viven en Eslovaquia, los 200 mil de región Subcarpatiana (perteneciente a Ucrania) y los 300 mil habitantes húngaros de Voivodina, en Yugoslavia (que en total suman aproximadamente tres millones), habiéndose librado de la política represiva -también en el aspecto nacional- del régimen comunista, aspiran en todos esos sitios a establecer su propio sistema institucional político y cultural. En todas las regiones húngaras se han creado las organizaciones de representación política, que han podido desempeñar roles parlamentarios y en varios lugares incluso gubernamentales, se han creado numerosas escuelas húngaras, organizaciones sociales civiles y eclesiásticas, así como instituciones culturales. No obstante, todas ellas tienen que enfrentar la ideología del Estado-nación y el estatismo que aún prevalecen hoy en día
También ha cambiado la situación de la emigración occidental húngara, que tradicionalmente ha desempeñado una misión nacional; los húngaros que viven en el Occidente ya pueden mantener libremente relaciones con su patria natal y con las instituciones de la misma.
Esta revisión panorámica de los siglos de la historia y de la literatura húngaras pueden darnos dos importantes lecciones. En primer lugar, que la literatura húngara siempre ha estado dentro de la corriente de las literaturas europeas, representando no sólo los ideales europeos tradicionales: la causa de la libertad individual y de la solidaridad colectiva, sino también recorriendo el trayecto histórico de la literatura europea, ya que siempre ha buscado sus ideales en el cauce de las tendencias intelectuales y artísticas occidentales y siempre ha contribuído de manera creativa al desarrollo de la cultura europea. La otra gran enseñanza reside en que nuestra literatura siempre estuvo orgánicamente entrelazada con la vida, las aspiraciones y la historia de la nación. Según el testimonio de la historia, los conceptos de nación y literatura, o de nación y cultura, nos vuelven la cara de manera dialéctica: lo que, viéndolo de un lado, constituye la lucha histórica de una comunidad humana por su supervivencia, visto por el otro lado, es la continuidad histórica y un sistema de valores artísticos y literarios de grado superior; y lo que visto desde un lado es pensamiento, forma poética y argumento épico, por el otro es una lucha desesperada para que una comunidad humana encuentre su hogar en su tierra natal y dentro de la comunidad de las naciones, para que se le brinde la posibilidad de conservar y presentar al mundo entero sus propios valores intelectuales y morales. Esta doble aspiración y misión intelectual puede manifestarse en toda su plenitud en el año 2000, cuando los húngaros conmemoran, y a su vez exponen ante la comunidad de las naciones, la obra histórica del rey San Esteban.
Historia de la música
Hungría, gracias a su fecunda vida musical y a sus excelentes intérpretes de fama mundial, ha conquistado un lugar ilustre entre los países que cuentan con tradiciones musicales de varios siglos y mucho más abundantes que ella. La nación húngara pertenece al grupo de las naciones pequeñas, no obstante, se le menciona como una “superpotencia” musical. No ha sido nada fácil conquistar este calificativo, ya que los acontecimientos trágicos de la atormentada historia del pueblo húngaro también han afectado la vida musical. Sin embargo, las interrupciones del desarrollo sólo han podido obstaculizar el progreso de manera provisional; en todas las épocas, los talentosos músicos han logrado vencer las circunstancias adversas y mantuvieron el país en los corrientes musicales de Europa.
En las tempestades que acompañaron la historia de Hungría, se destruyeron, con pocas excepciones, los documentos de la temprana vida musical (partituras, instrumentos), por ello, al momento de investigar las épocas remotas solamente podemos apoyarnos en fuentes secundarias y en los resultados de las ramas científicas afines (arqueología, lingüística, etc.). La música húngara culta, desde los mismos comienzos de su existencia, estuvo estrechamente relacionada con la música autóctona del pueblo, por lo cual el estudio de la música folklórica nos permite examinar únicamente los siglos que perdidos en el olvido. A lo largo de los siglos la música popular pudo conservar la esencia de las antiguas melodías. Con respecto al patrimonio de canciones folklóricas húngaras conservadas hasta nuestros días, puede determinarse con relativa exactitud a qué época histórica se remonta cada canción, sobre la base de la línea melódica, del alcance del sonido, del número de sílabas, de la ornamentación y de la forma de interpretación de las canciones, y, aunque el canto haya sufrido ligeras variaciones a lo largo de los siglos, siempre se reconocen en su versión actual las características de su época de origen.
El llamado “nuevo estilo”, surgido a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, difiere fundamentalmente de todos los “antiguos estilos” anteriormente existentes, debido a su forma ascendente, cerrada, de estructura cupular, sus series melódicas largas y su amplio registro. Los estilos antiguos – si bien la fecha de nacimiento, la temática, la forma de interpretación y la difusión geográfica de las canciones es muy distinta entre unas y otras– coinciden en la utilización de la línea melódica descendiente. De esta manera, clasificamos por igual entre los estilos antiguos las endechas que se remontan a la época anterior a Ia Conquista de la Patria (896), las danzas de gaita y de porquerizos, de origen medieval, y las melodías en tono mayor y en tono menor, procedentes del siglo XVIII.
No se conservó prácticamente ningún tipo de apunte acerca de la música de los siglos anteriores a la fundación del Estado húngaro, acontecido en el año 1000. Sólo podemos suponer, cómo debió sonar un canto entonado durante la ceremonia del chamán, o el canto épico que guardaba la memoria de los antepasados. Nos lleva de vuelta a tiempos anteriores a la conquista de la patria, la música de la tradición de llorar a los difuntos: la endecha pentatónica que se conserva en Transilvania y la endecha diatónica que se conoce en todo el territorio de habla húngara. Originalmente, estas melodías no sólo se usaban para llorar a los difuntos, sino que se asociaban con distintos textos rituales o épicos. Por lo tanto, debían sonar de manera similar también los llamados cantares de gesta, que inmortalizaban la vida, las hazañas gloriosas y la muerte de los héroes.
En la segunda mitad del siglo X, los húngaros se adaptaron al rico tejido cultural de Europa. En el terreno de la música, el mayor desafío para nuestros antepasados era que debían asimilar los nuevos valores y alcanzar un nivel cultural más alto, conservando simultáneamente sus peculiaridades y sin renunciar a lo propio. La adopción, la difusión y el fortalecimiento del cristianismo jugaron un papel importantísimo desde el punto de vista del desarrollo de la música húngara: fue esto lo que arraigó en nuestro país el canto gregoriano, el elevado arte monódico de la época. El otro factor musical importante fue la escuela medieval, que hizo prevalecer el prestigio de la "musica" en todo el ámbito de la cultura. El alumno de la Edad Media debía aprender en las clases de canto de cada día los centenares de melodías que se cantaba en los oficios religiosos, y a través de éstas también llegó a escribir y leer música y a entender de teoría musical. El sistema escolar que constituía toda una red nacional, era homogéneo en este aspecto, y los discípulos aprendían en lo fundamental el mismo material litúrgico y musical, independientemente de si estudiaban en escuelas mantenidas por las catedrales o en las más pequeñas escuelas aldeanas. De esta manera, pudo formarse una versión típicamente húngara de la música llana (gregoriana). Se elaboraban cada vez más libros de coro adornados y códices, con una forma de notación típicamente húngara. Podemos atrevernos a decir que en la Hungría medieval el conocimiento de la música formaba parte de la cultura de toda persona educada, y aunque no se podía hablar de escolaridad general obligatoria, el canto coral entonado todos los días en las iglesias, en presencia y con la participación del pueblo, creó una base común de la cultura musical idéntica en todo el país.
Son más escasos nuestros recuerdos referentes a la música laica de la época. Lamentablemente, no hemos heredado ninguna fuente con música escritaanotada, podemos apoyarnos nada más que en los apuntes literarios y en la memoria de la música popular. Los apellidos y los topónimos de nuestras cartas medievales frecuentemente hacen alusión a instrumentos musicales y a ocupaciones de músico (Sípos /pífano/, Dobos /tamborilero/, Igricfalva /pueblo del juglar/, Regtelek, etc.), lo que también indica lo difundida que estaba la música festiva y de entretenimiento. Los soberanos húngaros recibían gustosos a músicos extranjeros de visita en sus cortes. Varios poetas trovadores de renombre, así como Minnesänger alemanes pasaron por los palacios de los reyes de Hungría. Gaucelm Faidit y Peire Vidal debieron llegar en 1198 a la corte de Emerico (1196-1204), en el séquito de la joven esposa aragonesa del rey. Oswald von Wolkenstein (1377-1445) estuvo en Hungría durante el reinado de Segismundo (1387-1437). Esto indica que la música lírica más sofisticada de la era de los caballeros también se arraigó en nuestro país.
Los grandes cambios económicos y sociales de la baja Edad Media también ejercieron influencia sobre la vida musical. Además de los antiguos centros eclesiásticos, también comenzaron a florecer nuevas ciudades, y se apreciaba cada vez más la cultura. Se mantuvo la tradición anterior de la música gregoriana, pero al lado de ella se manifestó un interés creciente por el canto polifónico. Inicialmente las melodías gregorianas se interpretaban a dos voces, y se les añadía pequeños poemas intercalados. Esta práctica se estableció en los siglos XIII y XIV. Constituyó una polifonía más desarrollada que la anterior, cuando a las melodías independientes se les añadió una segunda e incluso una tercera voz de compás marcado y rítmico. En las cortes reales y prelaticias también se interpretaban obras compuestas en el estilo de motete de los Países Bajos, el más desarrollado de la época.
Uno de los monarcas europeos más ricos y cultos de la segunda mitad del siglo XV fue Matías Hunyadi (1458-1490). El coro de su capilla real estaba compuesto por 40 músicos, y –tal como lo describió el director del coro papal que visitó Buda– este coro en número y en calidad no tenía nada que envidiarle al conjunto papal o al coro de la corte borgoñesa. En la corte de Matías también se tocaba música instrumental de cámara, pero lamentablemente no se conservan las partituras de aquellas piezas. Los compositores e intérpretes probablemente eran artistas extranjeros, principalmente italianos y flamencos. El rey, buscando un alto nivel de calidad, contrató a numerosos músicos y cantantes extranjeros, de esta manera pasaron por su corte varios músicos contemporáneos de gran fama, entre ellos el compositor flamenco Jacques Barbireau (aprox. 1408-1491), el laudista italiano más destacado de la época, Pietro Bono (1417-1497) y el célebre cantante-compositor Johannes Stockem, que pudo actuar en el conjunto musical de Matías entre 1481 y 1487.
Este policromo y fecundo mundo musical fue destruido violentamente por la dominación turca (1524-1686) y el desmembramiento del país en tres partes. Los territorios centrales del país pasó a manos de los turcos, aquí prácticamente dejó de existir la vida musical. El canto gregoriano vegetó durante algunos decenios, luego, desde comienzos del siglo XVII, enmudeció para siempre.
El canto monódico de buena calidad tuvo una nueva oportunidad, cuando aproximadamente en 1540 comenzaron a desempeñarse en nuestro país los primeros reformadores protestantes. Al comienzo se traducían al idioma húngaro los antiguos cantos litúrgicos en latín, sin embargo más tarde pasó a predominar en la práctica del canto protestante el cántico popular religioso en verso, el himno cantable por toda la congregación, compuesto de muchas estrofas.
En esta misma época se creó la nueva cultura de canto monódico de la época, el repertorio de cantos históricos. En largos poemas ("crónicas”) se hacía el recuento cantado de los acontecimientos históricos, de los estimulantes apólogos tomados de la Biblia y de los “romances”. Las melodías de dichas historias (crónicas rimadas) se propagaban sobre todo por tradición oral, pero afortunadamente se conservaron dos impresos de partituras de la época, uno de los cuales reunía en un libro (1554) las crónicas de uno de los cantantes de trova más famosos, Sebestyén Tinódi.
En la música húngara de los siglos XVI-XVII llegó a predominar la monofonía. La práctica de música culta de valor artístico superior que se desarrolló en la baja Edad Media solamente pudo sobrevivir en algunos puntos aislados, de esta manera y por primera vez: en la corte de los príncipes de Transilvania. El Principado de Transilvania que se creó en la parte oriental del país, contrabalanceándose hábilmente entre el emperador Habsburgo y el sultán turco, obtuvo una relativa autonomía y contribuyó en buena medida a la conservación de la conciencia de la Hungría soberana. También sirvió estos fines la imitación nostálgica de la corte real medieval. El mecenazgo de los príncipes de Transilvania –Zsigmond János (1559-1571), István Báthori (1581-1586) y especialmente Zsigmond Báthori (1588-1598)– era consabido a lo largo y ancho de la región, por eso numerosos músicos extranjeros de renombre trabajaron en su corte o les dedicaron obras. Figuraban entre ellos Palestrina (aproximadamente 1525-1594) y el compositor del primer método de órgano, Girolamo Diruta (aproximadamente 1550- ?). Durante varios años trabajó en Transilvania el discípulo de Lassus (aprox. 1532-1594), de origen italiano, llamado Giovanni Battista Mosto (aprox. 1550-1596), quien tituló su primer tomo de madrigales, publicado en Venecia, Madrigales de Gyulafehérvár, indicando que sus ricas obras polifónicas habían sido compuestas para el coro de la corte de Transilvania.
En esta misma época vivió y desempeñó su actividad creadora el destacado músico húngaro Bálint Bakfark (1506 ?-1576), laudista y compositor. El primer volumen de sus obras fue publicado en Lyon (1553), y el segundo en Cracovia (1565). En el título de sus publicaciones se mostraba orgulloso de su origen transilvano. Bakfark era un célebre virtuoso del laúd de su época, gozaba del favor de soberanos europeos, y los poetas contemporáneos cantaban su gloria. Su arte contribuyó de manera decisiva al florecimiento y a la independencia de la música instrumental en Hungría.
La burguesía culta de las pequeñas ciudades fronterizas en dinámico desarrollo, de la llamada Hungría real, sometida a la soberanía de los Habsburgo (la parte norte del país, la región del Felvidék y el Transdanubio Occidental), se vinculó a la cultura musical europea principalmente a través de la música sacra. Es fácil comprobar este contacto en la vida musical, por ejemplo, de la Pozsony de antaño (en la actualidad: Bratislava), de Sopron, Bártfa (Bardejov) y Lõcse (Levoca). Tanto las autoridades eclesiásticas (obispo, cabildo) como los dirigentes municipales empleaban a músicos bien calificados y remunerados en las iglesias y en las festividades de la ciudad. Las “capillas” de 8-10, más tarde de 10-15 integrantes, estaban compuestas por algunos cantantes, músicos de cuerdas, un organista y un director, y entonaban junto con los torreros (instrumentistas de viento), los motetes renacentistas a 4-5 voces, las obras instrumentales "concertantes", es más, luego también las composiciones eclesiásticas de estilo barroco.
A finales del siglo XVII, en el país liberado después de 150 años de dominación turca y reducido a escombros, la vida cultural también requería ser reconstruida. Esta reconstrucción en la música exigía la adopción del nuevo estilo barroco europeo. Para ello hacía falta tomar como ejemplo modelos extranjeros y se necesitaban muchos músicos extranjeros. A partir de comienzos del siglo XVIII, cada vez más diócesis embellecían la liturgia con suntuosa música barroca, luego con música clásica vienesa y más tarde también aparecieron las obras de los compositores nacionales de buena formación. La importante colección de partituras de la catedral de Gyõr incluye, entre otras, las obras de Antonio Caldara (1670-1736), luego en la segunda mitad del siglo, de Johann Baptist Vanhal (1739-1813), Joseph (1732-1809) y Michael (1737-1806) Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), Karl Ditters von Dittersdorf (1739-1799), así como de Johann Albrechtsberger (1736-1809), que incluso trabajó algunos años en Gyõr. El compositor húngaro quizá más sobresaliente de la época, Benedek Istvánffy (1733-1778) dirigió el conjunto musical de la catedral de Győr desde 1766. Un repertorio similarmente rico y una forma de funcionamiento parecida caracterizaban a las diócesis de Pécs, Veszprém, Szombathely, Székesfehérvár, Eger y Várad, reconstruidas después de la expulsión de los turcos.
Además de las iglesias, fue principalmente la alta nobleza la que pudo permitirse patrocinar la música culta. Ejemplo de ello lo dio la familia más linajuda del país, los Esterházy. Pál Esterházy (1635-1713), quien obtuvo el ducado, fundó una orquesta en la entonces Kismarton (hoy: Eisenstadt), y bajo su nombre se publicó el tomo titulado Harmonia Caelestis, una colección de 55 cantatas eclesiásticas, el primer documento de la música barroca húngara. Las generaciones posteriores a Pál en la familia siguieron desarrollando el conjunto. Desde 1727 dirigió la orquesta el famoso compositor vienés, Gregor Joseph Werner (1693-1766), luego, a partir de 1761, durante casi treinta años el director fue Joseph Haydn. No obstante, esta efervescente vida musical no estaba generalizada en el país, abarcaba nada más que un reducido círculo de la sociedad. El estrato social intermedio, con educación escolar, no tenía acceso a una formación musical moderna, es más, en muchos casos se mostraba hostil frente a la música culta.
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en la mitad occidental de Europa se configuraron condiciones sociales burguesas desarrolladas. Para los pueblos de Europa Centro-Oriental, esta fue la etapa de adquirir conciencia como naciones. La fuerza motriz de la ilustración húngara, la capa de la nobleza llana también consideraba importante el carácter nacional de la cultura. ¿Dónde podía buscar esta generación los rasgos húngaros de la música? En la música culta nacional de los siglos anteriores no había ninguna tradición húngara sui generi. A muchos les pareció descubrir esta peculiaridad faltante en la música “populista”, que imitaba las canciones populares y, por esta razón, la nobleza llana se deleitaba con la canción artística de tipo popular y la canción típica húngara.
Existió, sin embargo, también un material musical “nacional” más valioso y tangible: la música bailable húngara de finales del siglo XVIII. En las colecciones de música instrumental encontramos melodías que combinan el mundo occidental de armonías y formas con las tradiciones de la antigua música bailable húngara. Estas danzas se caracterizan por elementos decorativos y motivos rítmicos que en realidad tienen un carácter propiamente húngaro. A esta música la llamamos “verbunkos”. El verbunk originalmente significaba una danza masculina que se bailaba en el reclutamiento de soldados, pero más adelante, convirtiéndose en una pieza de danza autónoma, llegó a ser el punto de partida de la renovación lingüística musical húngara del siglo XIX. Debido a que esta música la tocaban principalmente orquestas gitanas, mucha gente –por equivocación– la identificó con la música gitana, y el libro de Ferenc Liszt, publicado en París en 1859 bajo el título Acerca de los gitanos y de la música gitana en Hungría, contribuyó a fortalecer aún más esa falsa creencia. A pesar de ello, esta música no tiene nada que ver con la auténtica música popular de los gitanos, patrimonio de canciones propio de las grandes masas de gitanos no dedicados a la música.
La genuina música gitana es expresamente vocal y las canciones por lo general son de texto mixto gitano-húngaro. Por otro lado, los gitanos músicos en todas partes tocan la música de su entorno, adoptan los instrumentos musicales y el estilo de interpretación característicos de la región en cuestión, de esta manera en el siglo XIX también hicieron suyos cada vez más elementos de la música culta occidental y los fusionaron con la música bailable húngara de épocas anteriores. La forma característica de tocar de los gitanos, caprichosa e influyente en los sentimientos, puede hacer “música gitana” de prácticamente cualquier melodía.
Los músicos gitanos virtuosos –entre ellos, por ejemplo el famoso primer violín János Bihari (1764-1827)– conquistaron gran fama dentro del país, y luego, a partir de los años 1830, también en el extranjero, gracias al apoyo de patrocinadores húngaros. En la primera mitad del siglo, casi todos los compositores húngaros y los extranjeros que ejercían su actividad en Hungría – János Lavotta (1764-1820), Antal Csermák (1774-1822), Márk Rózsavölgyi (1789-1848), Ignác Ruzitska (1777-1833), Joseph Bengráf (1745? -1791) y Ferdinand Kauer (1751-1831) compusieron su propio Verbung, Danza Húngara o Canción Húngara. Los elementos del estilo verbunkos se introdujeron en la música vocal, y la rítmica y ornamentación, anteriormente sólo características de la música instrumental, aparecieron también en la música escénica, en la ópera y en la composición vocal artística, de esta manera, también en las piezas de Béni Egressy (1814-1851), Gusztáv Szénfy (1819-1875), Kálmán Simonffy (1832-1881) y otros autores. Estos motivos también pasaron a jugar un papel importante en la renovación de la música de cámara y de la literatura sinfónica. Esta música en el conocimiento público se apegó estrechamente a “la imagen de lo húngaro”, lo que se demuestra con el hecho de que en las obras de varios excelentes compositores extranjeros -Joseph Haydn, Ludwig van Beethoven (1770-1827), Wolfgang Amadeus Mozart, Carl Maria von Weber (1786-1826), Hector Berlioz (1803-1869) y Johannes Brahms (1833-1897)- el color “a la húngara”, que podría decirse que se puso en moda en aquella época, siempre se expresaba con la aplicación de la entonación verbunkos. Entre estas piezas, la Marcha Rákóczi de Berlioz es la que más se ha difundido.
El romanticismo húngaro, que también en la poesía sentía como nacional la poesía popular ennoblecida, celebraba en el verbunkos, elevado al rango de música culta, el surgimiento de la nueva música nacional. Además del verbunkos, naturalmente también se arraigó en las ciudades húngaras la música culta europea de calidad. En cada vez más sitios se creaban instituciones musicales y las actuaciones de afamados intérpretes atraían un público siempre más numeroso. A lo largo del siglo XIX en muchas partes se propagó la ejecución doméstica de piezas musicales, se fundaban escuelas de música municipales, se inició la edición de partituras y la fabricación de instrumentos, se publicaron revistas de música y la vida de conciertos entró en efervescencia. En Pozsony (hoy: Bratislava), Sopron, Pest, Kolozsvár (Cluj), y luego también en otras ciudades regularmente se interpretaban óperas y los conciertos caseros de público reducido, característicos desde comienzos del siglo, fueron reemplazados por los conciertos públicos en el sentido actual de la palabra, con entradas. La vida de conciertos cada vez más animada trajo consigo el desarrollo del arte interpretativo y de la formación de músicos.
Tras varios intentos fracasados de reunir el verbunkos y la música culta europea de alto nivel, un músico de gran envergadura, Ferenc Erkel (1810–1893) logró esta síntesis en la primera mitad del siglo. En las obras de Erkel (László Hunyadi, Bánk bán) se pronunció por primera vez el idioma húngaro en el escenario de ópera, es más, lo hizo en un lenguaje musical comparable con el de las óperas occidentales. No fue por casualidad que los críticos extranjeros de su época encontraban ligeramente italiano el estilo musical de la ópera titulada Bánk bán. Erkel debió el éxito de sus piezas –además de su actualidad política– al hecho de haber empleado el lenguaje musical húngaro elaborado por él para la caracterización de las escenas “húngaras” de las óperas de una noche entera, y de haberlo combinado con un excelente sentido de la dramaturgia, con el estilo de las óperas francesas e italianas.
La nueva música culta húngara llegó a su máxima expresión en la obra de Ferenc (Franz) Liszt (1811–1886). En los años 1830–1840, Liszt dejó maravillada a toda Europa por sus capacidades de pianista virtuoso y de compositor. Al producirse la inundación de Pest, del año 1838, repentinamente comprobó dónde estaban sus raíces, desde entonces también dio varios conciertos en Hungría. A partir de ese momento ayudó al desarrollo de la vida musical húngara con su arte interpretativo, sus composiciones musicales, sus actuaciones en la vida pública e incluso con dinero. Además de ello, Liszt era un cosmopolita de amplios horizontes, capaz de expresar sus sentimientos patrióticos a un nivel digno de las figuras más destacadas de la historia universal de la música. En sus obras creó una unidad perfecta entre el romanticismo europeo del más alto nivel y la tradición magiar. Así, a través de las piezas de Liszt, pasó a formar parte de la literatura musical universal el legado musical húngaro del siglo XIX. En esta época, además de Liszt, el compositor más prestigioso de Hungría era Károly Goldmark (1830-1915), quien fundamentó su renombre internacional principalmente con sus óperas.
En la segunda mitad del siglo XIX, gracias a su desarrollada vida musical, Budapest se convirtió en un centro del mismo rango de las grandes metrópolis europeas. Su teatro de ópera, sus orquestas y salas de conciertos, así como los afamados directores que trabajaron aquí –entre ellos Artur Nikisch (1855-1922) y Gustav Mahler (1860-1911)- elevaron a la capital húngara a la vanguardia del continente. La Academia de Música de Budapest formó a artistas ejecutantes de renombre mundial, surgieron la crítica musical y la musicología.
En las últimas décadas del siglo XIX –cuando, de manera similar a los países occidentales más desarrollados ya teníamos que contar con la desaparición de la música folklórica– en una última gran llamarada de la cultura popular surgió la canción popular húngara de nuevo estilo. Las grandes migraciones populares que acompañaban las faenas agrícolas temporales (la migración de los temporeros) y el servicio militar obligatorio, prestado en parajes lejanos del suelo natal, contribuyeron por igual a la difusión de las nuevas canciones populares. El nuevo estilo de la música popular no significaba la degradación o el olvido de los estilos antiguos. El célebre etnógrafo Béla Vikár (1859–1945), en sus viajes realizados para coleccionar material, en algunas aldeas encontró nuestra cultura de música popular en pleno auge y con gran diversidad.
A comienzos del siglo XX el arte interpretativo húngaro alcanzó reconocimiento a nivel internacional, y también dentro del país educó a un público entendido y culto. El “vaivén” de los músicos nacionales y extranjeros contribuyó al fortalecimiento de una cultura de interpretación que transmitía valores tradicionales, no obstante también se mantuvo abierta ante las corrientes musicales modernas.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, en Hungría cobró gran popularidad el género de la opereta. Tras las operetas vienesas, cantadas y bailadas -obras de Franz Suppé (1819-1895) y Johann Strauss el joven (1825-1899)- surgidas siguiendo el modelo de la gran opereta francesa, amena, divertida, pero al mismo tiempo algo sentimental, al poco tiempo aparecieron excelentes piezas húngaras. Sus autores –Ferenc Lehár (1870-1948), Imre Kálmán (1882-1953) y Jenõ Huszka (1875-1960)– pronto alcanzaron fama mundial y su popularidad se mantiene prácticamente inalterada hasta nuestros días.
A pesar de lo multifascético de la vida musical, en los años 1920 Zoltán Kodály (1882-1967) criticó que nuestra cultura musical se construyera desde arriba: "tenemos un buen teatro de la ópera, disponemos de excelentes intérpretes, pero faltan los buenos profesores de canto en las escuelas, y la provincia está abandonada". Kodály hizo mucho para remediar los males de la vida pública musical. A fines de los años 1890, a raíz de las colecciones de canciones populares de Béla Vikár comenzó a dedicarse a la verdadera música popular húngara, históricamente auténtica. De 1905 a 1914 recorrió la región de Felvidék y Transilvania, y las canciones populares que trajo consigo de esos viajes cambiaron su cosmovisión musical y humanista. Consideró como su misión recopilar y estudiar científicamente el patrimonio de las canciones populares húngaras, para luego incorporarlo a la cultura cotidiana por medio de la escuela.
Como compositor, Kodály combinó la tradición romántica tardía con el mundo de las canciones populares húngaras. Después de 1920 trabajó fundamentalmente como compositor vocal. Compuso gran cantidad de obras corales, además de éstas completan la obra de su vida dos oratorios (Psalmus Hungaricus, Budavári Te Deum), dos suites para teatro (János Háry, Székelyfonó) y numerosas canciones para solista. El nombre de Kodály llegó a ser conocido en el mundo entero, debido, además de sus composiciones, también al “método Kodály” ligado a su persona. En sus ensayos sobre temas pedagógicos expresó en innumerables ocasiones que la música –la música popular que transmite las tradiciones nacionales propias y la música culta de alto nivel- juega un papel extraordinariamente importante en la formación de la personalidad, en la vida y el sistema de valores de la persona equilibrada, valiosa y culta. Por esta razón se dedicó incansablemente a la cuestión de la educación musical de los niños y de la juventud, y puso al servicio de ello sus obras musicales compuestas con objetivos pedagógicos.
Béla Bartók (1881–1945) alcanzó la síntesis mundial de la música moderna y la tradición de la música popular húngara. Bartók es uno de los creadores más importantes de la historia de la música, la obra de su vida forma parte importante de la literatura musical del mundo entero. En su juventud lammó la atención como excelente pianista y prometedor compositor. Desde 1905 también centró su interés en la música popular, realizó viajes de recopilación a Transilvania, al Transdanubio, pero también desarrolló investigaciones respecto a la música folklórica de los pueblos vecinos. Como pianista de fama mundial, dio conciertos en Hungría, en casi todos los países de Europa e incluso en Estados Unidos. Era un genio de una increíble capacidad de trabajo. Dedicaba, de manera sistemática, al menos 8-10 horas semanales a anotaciones de música popular, frecuentemente daba conciertos, y entre tanto componía obras de suma importancia.
La música de Bartók es “creación moderna". Sobrepasó el mundo de las tonalidades de los siglos pasados, y al igual que sus contemporáneos de Europa Occidental, liberó los doce tonos del sistema tonal, buscando nuevos principios de regulación en la música. Basándose en el estudio de la música folklórica húngara, los motivos básicos y las fórmulas rítmicas de los cantos populares ayudaron a Bartók a dar con la solución. Entre sus obras mundialmente conocidas se destacan tres piezas escénicas (La ópera El castillo del príncipe Barba Azul, el ballet titulado El príncipe de madera y la pantomima El mandarín maravilloso), así como sus ciclos para orquesta, sus seis cuartetos de cuerdas, la Cantata profana, sus tres conciertos para piano, el Concierto para violín, la Música para instrumentos de cuerdas, baquetas y celesta, la serie de piezas para piano titulada Microcosmos, el Divertimento para orquesta de cuerdas y el Concerto para gran orquesta.
Era contemporáneo de Bartók y Kodály, y su compañero de lucha en el trabajo encaminado a la renovación de la música húngara, Ernõ Dohnányi (1877-1960), quien después de una exitosa carrera de pianista, recorrida en su juventud, hizo mucho, ya como dirigente de las principales instituciones musicales de Budapest –la Academia de Música, la Sociedad Filarmónica- por la difusión de la música contemporánea, principalmente de las obras de Kodály y Bartók.
Sobre el estilo de composición de Leó Weiner (1885-1960) ejercieron influencia tanto los maestros románticos como la música folklórica húngara. Fue una destacada personalidad de la enseñanza húngara de música de cámara, numerosos artistas instrumentales de fama mundial lo consideran su maestro.
Kodály y Bartók ejercieron una influencia determinante sobre toda la música húngara del siglo XX. El carácter de la vida musical y la obra de la generación de compositores más jóvenes se han visto definidos por la actividad de ellos dos.
Después de la segunda guerra mundial, la ideología oficial cuidó que en el régimen socialista se apreciara la música culta, pero había que aceptar la orientación del Estado (prácticamente hablando: del partido comunista). El Estado apoyaba económicamente la investigación de la música folklórica y la musicología. No obstante, el precio de ese miramiento se debía pagar tomando en consideración la la dictadura, tanto desde el punto de vista personal como profesional. Los compositores estaban aislados de las corrientes de la música moderna, y la política cultural oficial quería ver y escuchar, en lugar de las tendencias progresistas, una composición conservadora, populista, “comprensible para el gran público”.
Algunos compositores importantes emigraron de la opresión al extranjero en los años 1950, como por ejemplo Sándor Veress (1907- 1992), o más tarde György Ligeti (1923- ). Otros –entre ellos László Lajtha (1892-1963), de orientación francófila- optaron por la emigración interna. En las composiciones de Pál Járdányi (1920-1966), fallecido a una temprana edad, podemos descubrir las huellas del autor en su obra de música folklórica, mientras que otros, como por ejemplo György Kósa (1897-1984), conformaron con éxito su estilo individual, pero fácilmente accesible.
El cuidado estatal, así como la demanda de una música accesible y comprensible para todos, influyó no sólo en la composición sino también en la vida de conciertos y en la pedagogía musical. La política cultural oficial apoyaba que la ejecución aficionada de obras musicales se incorporara en la vida de conciertos, y esta aspiración coincidía con el cumplimiento del lema proclamado por Kodály: „¡Dejad que la música sea de todos!”. En la educación musical se hizo hincapié en enseñar canciones populares, adaptaciones de cantos populares y piezas corales sencillas, de estilo popular. El movimiento coral que se desarrolló significaba para sectores realmente amplios de la población la posibilidad de encontrarse con la música.
A partir de los años 1960 se atenuó la dirección estatal y comenzó a haber posibilidades para mantener relaciones con la vida musical moderna del extranjero. Surgieron en Hungría seguidores, primero de la técnica "dodecafónica”, luego de la "serial”, de la aleatoria, y más tarde de la música mínima.
En la obra de maestros que crearon escuela, como Ferenc Farkas (1905- ) y Endre Szervánszky (1911-1977), además de la influencia de Bartók también se manifestó la influencia de la dodecafonía. Bajo esta doble influencia comenzó su carrera profesional György Kurtág (1926- ), quien hoy por hoy es quizá el compositor húngaro más conocido en el extranjero. Los dos discípulos de Kodály, Rudolf Maros (1917-1982) y András Szõllõsy (1921- ) son compositores excelentes, con el estilo más individual de su generación. Los autores húngaros más prolíficos del género de la ópera –y generalmente de la música vocal– son Emil Petrovics (1930- ) y Sándor Szokolay (1931- ), quienes junto con Sándor Balassa (1935- ), Attila Bozay (1939-1999) y Zsolt Durkó (1934-1997) han hecho mucho por la creación de una lengua materna musical contemporánea, propiamente húngara. János Decsényi (1927- ), József Sári (1935- ) y József Soproni (1930- ) crean una obra coherente, basada sobre el conocimiento sólido de la profesión.
Los integrantes del Új Zenei Stúdió (Estudio de Música Nueva) creado en 1970 – Zoltán Jeney (1943- ), László Sáry (1940- ), László Vidovszky (1944- ), Barnabás Dukay (1950- ), Zsolt Serei (1954- ) y otros– iniciaron una nueva corriente en la composición húngara, siguiendo ejemplos extranjeros antes desconocidos en la vida musical húngara– Erik Satie (1866-1925) y John Cage (1912-1992). Los integrantes del Új Zenei Stúdió, artistas intérpretes activos, prestaron especial atención a la creación del trasfondo de intérpretes de la música contemporánea y a la educación de un público conocedor. A partir de los años 1970 constituyó una gran oportunidad para la juventud aficionada a la música moderna, la posibilidad de participar en festivales de música contemporánea en el extranjero (Otoño de Varsovia, Darmstadt, etc.).
Los miembros de una agrupación de compositores más reciente, surgida en los años 1980 –György Orbán (1947- ), János Vajda (1949- ), György Selmeczi (1952- ) y Miklós Csemiczky (1954- )– evocan los estilos y géneros de épocas anteriores en sus piezas de tono nostálgico, más fácilmente accesible para el público en general.
De manera similar que la música culta moderna, en la vida de conciertos y en la enseñanza húngara también el jazz ocupó el lugar que le correspondía tan sólo en los decenios recientes. A pesar de que desde comienzos del siglo trabajaban en el país un buen número de músicos y conjuntos de jazz, únicamente podemos hablar de una vida jazz organizada, de conciertos apoyados por el sistema institucional de la música, de vida de clubes, de edición regular de discos y de la formación de músicos de jazz a partir de los años 1970. El arte del jazz húngaro en las últimas dos décadas ha conquistado gran fama dentro y fuera del país. Se presentaron solistas (Balázs Berkes, Károly Binder, László Dés, Csaba Deseõ, Antal Lakatos, Aladár Pege, György Szabados, Béla Szakcsi Lakatos, Rudolf Tomsits, György Vukán) y conjuntos (Benkó Dixieland Band, conjunto Kõszegi, Super Trió) internacionalmente conocidos en festivales, en conciertos y en discos.
El ambiente de distensión que caracterizó la política interior en los años 1970, también brindó una posibilidad favorable para que se iniciara el movimiento de los salones de danzas en Hungría. Los dos dirigentes del conjunto Sebő, Ferenc Sebõ (1947- ) y Béla Halmos (1946- ) basaron su salón de danzas en la labor de recopilación de música folklórica realizada en las pequeñas aldeas aisladas de la cultura moderna –situadas sobre todo en el territorio de Transilvania– y en la música instrumental tradicional aprendida de los músicos de los pueblos. La reanimación de la música folklórica y de las danzas populares húngaras se hizo sumamente popular en primer lugar entre los jóvenes de las ciudades, y gracias a ello aparecieron y triunfaron dentro y fuera del país numerosos conjuntos que tocaban música popular auténtica (Kolinda, Mákvirág, Muzsikás, Téka, Vízöntõ, Vujicsics) y cantantes de canciones populares (Ilona Budai, Laura Faragó, Éva Ferencz, Irén Lovász, Márta Sebestyén, Katalin Szvorák).
El avance técnico de finales del siglo XX –la difusión de portadores de sonido de calidad cada vez mejor– relegó (está relegando) a segundo plano la interpretación activa de la música, al mismo tiempo que creó la posibilidad de cultivar música electrónica.
Nuestra vida musical, saturada de política, atravesó cambios sustanciales durante el cambio de sistema político del año 1989. El viento precursor de los nuevos tiempos ya se hacía sentir muchos años atrás en el terreno de la música ligera: la música rock ya en los años 1960 era uno de los símbolos de la resistencia política. El estilo de música ligera occidental hasta entonces estrictamente prohibido, por tanto casi totalmente desconocido, se enriqueció con un colorido y un contenido propiamente húngaros, gracias a los conjuntos (Illés, Omega, Lokomotiv GT., Fonográf) y cantantes solistas (Klári Katona, Zsuzsa Koncz, Kati Kovács, Sarolta Zalatnay, Péter Máté) que se presentaron en los festivales de música pop y en los certámenes „Ki mit tud?” (¿Quién sabe qué?). Desde mediados de los años 1980 la música rock volvió a estar de moda, esta vez en forma dramatizada. Las óperas rock y oratorios que surgieron uno tras otro (de forma parecida a las óperas nacionales del siglo XIX) no necesariamente deben su éxito a sus méritos musicales, sino en primer lugar a su temática histórica, religiosa y popular (Levente Szörényi - János Bródy: Kelemen, el albañil, Esteban, el rey, Anna Fehér, László y Édua, El excomulgado; Levente Szörényi – Sándor Lezsák: Attila; László Tolcsvay – Péter Müller: El evangelio de María).
En la música culta, a pesar de la mayor libertad en comparación con la situación anterior, prevalece el sobrepeso de la política, al igual que en los demás ramos del arte o en la literatura. También entre los actores de la vida musical se libra una batalla por el público y por los medios de comunicación. La transición a la economía de mercado conllevó a la transformación del sistema institucional: después de 1990 se eliminó la situación monopólica del Estado en los terrenos de la organización de conciertos, de la publicación musical y de discos, así como respecto al mantenimiento de conjuntos artísticos. A raíz de la reducción considerable de la subvención estatal, se convirtió en una tarea primordial de toda institución musical la de obtener las condiciones materiales necesarias para su funcionamiento, y de esta manera se incrementó el papel de los patrocinadores y mecenas. Sin duda alguna, las dificultades enumeradas no caracterizan exclusivamente la vida musical húngara, sino que son fenómenos universales.
A pesar de los problemas de las décadas recientes, podemos sentirnos orgullosos de que Hungría sea considerada en el extranjero la patria de la música y de que numerosos excelentes compositores y autores húngaros de música de películas (Miklós Rózsa 1907- 1995), así como los representantes mundialmente reconocidos del arte interpretativo musical húngaro –los directores de orquesta Antal Doráti (1906-1988) y György Solti (1912-1997), el violinista y director Sándor Végh (1912-1997), el violinista Loránd Fenyves (1918- ), el director de orquesta y compositor Péter Eötvös (1944- ), los pianistas György Cziffra (1921-1994), Zoltán Kocsis (1952- ), Dezsõ Ránki (1951- ) y András Schiff (1953- ), el violoncelista Miklós Perényi (1948- ) y los cantantes de ópera Éva Marton (1943- ), Szilvia Sass (1951- ), László Polgár (1947- ) y Andrea Rost (1962- )– den testimonio del alto nivel de calidad de la cultura musical húngara. (Ágnes Dobszay)
Húngaros célebres
La Contribucion de los Hungaros a la cultura universal y los Premio Nobel
La geometría absoluta, el péndulo de torsión, el carburador, el transformador, la bombilla eléctrica con filamento de volframio y rellena de criptón, el rastreo radiactivo, la central de energía nuclear, la fusión termonuclear, la torre de refrigeración, la locomotora eléctrica, la aviación supersónica, la astronomía radárica, el nuevo estándar métrico basado en la luz, el bolígrafo, la holografía, la radio, la televisión, el ordenador electrónico, el primer lenguaje común informático: el Basic, la gasolina sin plomo, la vitamina C o la teoría de los juegos, que ayuda las decisiones y el comportamiento racionales, son todas obras sobresalientes de la cultura universal. En el descubrimiento o desarrollo de ellos fue crucial la contribución de aquellas personas que nacieron en Hungría y obtuvieron los primeros elementos de sus conocimientos y de su humanidad en la escuela húngara, o a las cuales este país ofreció una acogedora morada y abrió campo para sus obras.
En 1996 conmemoramos el aniversario milecentenario de que, en el curso de los desplazamientos de la era de las migraciones, los húngaros, provenientes del Este, eligieron la Cuenca de los Cárpatos como su nueva patria, estableciendo en el corazón de Europa su hogar definitivo. En memoria del establecimiento de nuestros antepasados en la Cuenca de los Cárpatos, ocurrido hace 1100 años, el gobierno de la República de Hungría declaró oficialmente el año 1996, el año del milecentenario.
El establecimiento de los húngaros en este territorio y su supervivencia constituyen una hazaña histórica sin igual. Los pueblos de las estepas, que desde el siglo IV se desplazaron hacia Occidente durante casi mil años, desaparecieron todos de la Cuenca de los Cárpatos, incluyendo a los hunos y ávaros. Entre todos los pueblos llegados del lejano Este, los húngaros fueron los únicos que lograron arraigarse en esta región, conservando su identidad política y cultural, para convertirse en uno de los artífices de la historia europea manteniendo siempre su originalidad, protegiendo y enriqueciendo sus valores particulares.
En la lucha secular librada por la supervivencia y el adelanto, el factor fundamental fue la cultura, cuyos orígenes se remontan a la cultura de gestión económica y política, en armoniosa interrelación con el peculiar ambiente natural y con las condiciones sociales de la Cuenca de los Cárpatos.
En dicha cuenca se encuentran y se mezclan tres grandes regiones ecológicas, la mediterránea, la atlántica y la continental. Este hecho requería una intensa capacidad de adaptación y gran creatividad en la gestión económica durante la era de las migraciones, a lo cual los húngaros lograron responder exitosamente.
Su multifacética cultura de gestión económica se vio complementada con la capacidad de adaptación, receptividad y organización. El asentamiento no se llevó a cabo en una forma impuesta sobre los pueblos aquí encontrados, sino que los húngaros se establecieron entre los demás. Su convivencia significaba el aprendizaje social de la tolerancia mutuamente ventajosa, como resultado de lo cual nació un nuevo país europeo, que más tarde llegó a ser uno de los pilares y promotores de la sociedad europea y del mundo civilizado de la época.
La ley de la tolerancia y la ética de la convivencia ya aparecieron expresados con conciencia de jefe de Estado en las lecciones que el rey Esteban (975-1038), primer monarca húngaro coronado, dejó escrito a su sucesor:
"Los visitantes y los forasteros producen un beneficio tan grande, que con razón pueden situarse en el sexto lugar de la dignidad real"; "...mientras más y más variados sean los territorios y provincias de donde vengan los huéspedes, tantos más y variados son los idiomas que hablan, las tradiciones que siguen, tanto más diversos son los ejemplos y las armas que traen consigo, y todo esto decora el país, honra a la corte e impide que los extranjeros incurran en la arrogancia. El país de un sólo idioma y de una misma tradición es débil y falible.
La Hungría multilingüe y de múltiples tradiciones se adaptó también en lo cultural, al sistema circulatorio de Europa.
Obras de fama mundial - autores de origen húngaro
Para indicar hasta dónde se elevó Hungría al llegar al siglo presente, citamos las frases de Norman Macrea, ex-redactor en jefe de The Economist, investigador del milagro económico japonés, tomadas de su biografía de Neumann, publicada en 1992, donde presenta la capital húngara de comienzos del siglo XX: "A comienzos del siglo, Budapest fue la metrópoli europea de desarrollo más acelerado. Esta ciudad presentaba tal cantidad de científicos, artistas y futuros millonarios, que únicamente se podía comparar con las ciudades-estado de la Italia renacentista."
Da una idea muy clara del avance realizado en el primer milenio transcurrido desde el asentamiento, el hecho de que la gente pudo visitar en la capital el monumento al milenio viajando en el primer tren subterráneo del continente.
Si nos montamos en un tren o automóvil simbólico para recorrer nuestra historia, en los últimos dos siglos nos encontramos con numerosos enriquecedores de la cultura.
Sándor Kőrösi Csoma (1784-1842) sirvió de puente entre los mundos de la ciencia oriental y occidental. Buscó la patria original de los húngaros y se hizo pionero de las investigaciones de la cultura tibetana. Sus obras fundamentales, su diccionario y su gramática fueron publicados en 1834 en Calcuta. Un siglo después, en 1933 en Tokio, en ceremonia solemne lo declararon Bodhisatwa; podemos respetar en él al hombre que enlazó el corazón y el alma de Oriente y Occidente.
En la gran tabla histórica de los autores y sus obras, Ányos Jedlik (1800-1895) fue el pionero de la física experimental y de la electrotécnica, descubridor del principio de la autoinducción, padre del dínamo, del prototipo del motor electromagnético; János Irinyi (1817-1895) inventó la cerilla de seguridad, del fósforo silente; el médico obstetra Ignác Semmelweis (1818-1865), llamado el "salvador de las madres", reconoció que la fiebre puerperal era resultado de una infección, y que se podía evitar lavándose las manos con cloro, durante los exámenes médicos de obstetricia; la obra de András Mechwart (1834-1907) fue el molino de tambor, de fundición dura al frío, que funcionaba con cilindros de acero acanalados y que le dio un fuerte impulso a la industria molinera; Tivadar Puskás (1844-1893) organizó en 1879 en París la primera central telefónica de Europa, y en 1893 creó en Budapest el noticiero telefónico, predecesor de la radio; Károly Zipernowsky (1853-1942) junto con Miksa Déri (1854-1938) mandó patentar en 1882 el generador de autoinducción de corriente alterna, en 1884 inventó con Déri el transformador rotante, consistente en dos máquinas montadas sobre un eje común, e inventó junto con Ottó Titusz Bláthy (1860-1939) y Miksa Déri, el transformador de corriente alterna; Donát Bánki (1859-1922) y János Csonka (1852-1939) desarrollaron juntos el motor Bánki-Csonka, y como parte del mismo, el carburador, además Bánki inventó la turbina de agua adecuada para aprovechar la energía de los ríos de caída pequeña y mediana; Kálmán Kandó (1869-1931) inventó las locomotoras eléctricas con cambio de fase; Lipót Fejér (1880-1959) es una figura de las matemáticas húngaras que creó escuela, su descubrimiento de mayor efecto es la tesis de Fejér que lleva su nombre, la cual se refiere a la totalización de las líneas Fourier; József Galamb (1881-1955) fue el diseñador del primer automóvil popular del mundo, el famoso modelo T; Zoltán Magyary (1888-1945) fue, junto con Kuno Klebelsberg -quien sentó las bases de la política científica húngara-, el reorganizador de la vida científica, de la enseñanza superior y de las relaciones internacionales de éstas en el país que habia quedado a reducidas dimensiones tras la primera guerra mundial, personaje destacado de las ciencias de la administración pública; Imre Bródy (1891-1944) fue el inventor de la bombilla eléctrica rellena de criptón; con el invento de Dénes Mihály (1894-1953), el "Telehor" con célula de selenio y oscilógrafo de cuerda, en 1929 la emisora de radio Berlín-Witzleben realizó por primera vez en el mundo una transmisión televisada móvil utilizando el aparato de transmisión inventado y desarrollado por Mihály; Ferenc Okolicsányi (1894-1954) creó el tornillo de prisma, destinado a los fines de la televisión; Kálmán Tihanyi (1897-1947) fue el inventor del tubo de imagen, en cuya patente inglesa y francesa describió el almacenaje de la carga y la aplicación del tubo acoplador en el tubo tomavistas para el barrido en el lado de la imagen, lo cual es el requisito fundamental en los iconoscopios modernos; el mundo le debe a László József Bíró (1899-1985) el bolígrafo, cuyo nombre en inglés -Biro-pen- recuerda a su creador; fue el invento de Péter Károly Goldmark (1906-1977) inventó en 1940 el primer sistema de televisión en colores, de 343 líneas de imagen, utilizable en la práctica, con el cual la compañía CBS comenzó en ese mismo año sus emisiones de pruebas, así como el disco de microsurcos patentado en 1948; la torre de refrigeración de László Heller (1907-1980), el "Heller-system", suministra el enfriamiento sin agua, por medio de aire, de centrales eléctricas, y László Forgó (1907-1985) desarrolló para este sistema un intercambiador de calor, de aluminio con estrías minúsculas, capaz de conducir el calor del agua caliente al aire de refrigeración de manera barata y en dimensiones relativamente reducidas, dicho sistema también suele llamarse sistema Heller-Forgó; János György Kemény (1926-1994) desarrolló el idioma informático Basic junto con su colega matemático Thomas E. Kurtz, así como del Time-Sharing
System de Dartmouth, o sea, de la utilización sincronizada de los ordenadores.
Podríamos continuar por mucho tiempo la lista de húngaros o de gente exitosa de origen húngaro que enriquecieron las ciencias y el progreso técnico. No obstante, dos personas y dos círculos de creadores merecen atención especial, incluso entre los más grandes.
János Bolyai (1802-1860) fue matemático, filósofo y el mayor científico húngaro. Su primer profesor de matemáticas fue su padre, Farkas Bolyai (1775-1856), a quien, durante sus estudios en Gotinga, Gauss, el "rey de los matemáticos", lo acogió como su amigo, y quien introdujo a su hijo al problema, irresuelto hacía más de dos mil años, de los paralelos. János Bolyai le comunicó desde Temesvár la noticia de la solución con las frases: "De la nada creé un nuevo mundo diferente".
Su obra que revolucionó la geometría fue publicada en forma impresa en 1831. El título de la obra indica su contenido: "La ciencia verdadera absoluta del espacio. En discurso independiente del carácter cierto o erróneo del axioma euclidiano Nº XI (nunca resuelto a priori): en caso de ser éste equivocado, con la cuadratura geométrica del círculo."
"La nueva geometría descubierta por Bolyai -y Lobachevski- constituye un viraje aún mayor que la de Copérnico, es una revolución realmente extraordinaria del pensamiento" - dijo E. T. Bell en su gran obra de historia de las matemáticas; "debemos remontarnos hasta el mismo Copérnico para poder encontrar algo de trascendencia semejante, es más, ni siquiera eso es suficiente".
La obra matemática de Bolyai no se limitaba sólo a sus investigaciones geométricas, ni su obra científica meramente a las matemáticas. Reconoció la estrecha interrelación de la estructura espacial geométrica y el campo de acción de la fuerza de gravedad.
Un cráter recuerda en la Luna el nombre de Bolyai y -qué símbolo más bello- justamente al lado, otro cráter lleva el nombre de Eötvös.
El invento más famoso de Loránd Eötvös (1848-1919) fue el péndulo de torsión desarrollado por él en 1891 (péndulo de Eötvös), con el que se pueden medir los cambios de la fuerza de gravedad. Durante sus investigaciones demostró que la fuerza de atracción de la gravedad solamente dependía de la masa de los cuerpos y no de su materia; o sea, la masa gravitante y la inerte eran iguales o proporcionales la una a la otra. Además de su obra científica, también fue muy importante su actividad de organizador de las ciencias y de la enseñanza. Por iniciativa de él se creó en 1891 la Sociedad de Matemáticas y Física, de la cual fue su presidente.
Loránd Eötvös, siguiendo el ejemplo de Bolyai, logró hacer algo de repercusión mundial y encaminó -mediante los concursos de alumnos de las escuelas secundarias y el desarrollo de las escuelas y de la vida científica- hacia resultados semejantes a un gran número de jóvenes talentosos, incluyendo a futuros científicos premio Nobel.
Premios Nobel húngaros
En las ciencias, el premio Nobel es el reconocimiento más afamado de los resultados sobresalientes. Alfred Nobel, quien le dio nombre a dicho galardón, nació en Estocolmo, en 1833 y murió hace exactamente cien años, en 1896 en San Remo. El aniversario centenario brinda una ocasión propicia para pasar revista a aquellos que obtuvieron el premio desde el comienzo hasta el fin del siglo.
Entre ellos cabe destacar el círculo de aquellas personas que por relaciones más o menos estrechas, pueden considerarse (también) de origen húngaro. Dando testimonio del carácter internacional de la ciencia, trabajaron en varios países, por lo que varias naciones se enorgullecen de sus resultados. Por ejemplo, Austria, Suecia y Hungría publicaron estampillas conmemorativas de Róbert Bárány, pero igualmente están orgullosos de él con justificadas razones en Israel. El espíritu del premio Nobel mueve a construir puentes por encima de las paredes divisorias.
Fülöp Lénárd (1862-1947) fue el primer científico nacido en Hungría que obtuvo el premio Nobel. Inició su carrera científica en Budapest, al lado de Loránd Eötvös, luego pasó toda su vida en Alemania. Fue galardonado con el premio Nobel en 1905 "por su obra relacionada con los rayos catódicos". Constituyó el principal terreno de sus investigaciones el fenómeno de la fosforescencia y los rayos catódicos. Compuso el primer modelo de átomo sencillo. La Academia de Ciencias de Hungría lo eligió en 1897 miembro correspondiente y en 1907, miembro de honor.
Róbert Bárány (1876-1936) fue galardonado en 1915 con el premio Nobel de fisiología o ciencias médicas del año 1914, "por sus trabajos relacionados con la fisiología y patología del aparato vestibular". György Békésy, quien también obtuvo el premio Nobel casi medio siglo después, en el mismo terreno profesional de Bárány, la otología, en su discurso pronunciado en el acto de entrega del premio, habló de la continuidad histórica del eslabón húngaro: "Como recordarán, el primer premio Nobel de otología, Róbert Bárány, también era de origen húngaro. No creo que sea una mera coincidencia. La otología en Hungría está a un nivel muy alto, y se manifiesta un interés verdadero por ella." Békésy indicó a Endre Hõgyes como su precursor común.
Richárd Zsigmondy (1865-1929) fue galardonado con el premio Nobel de química del año 1925 "por la explicación del carácter heterogéneo de las soluciones coloidales y por los métodos utilizados durante sus investigaciones, que son de importancia fundamental en la química coloidal moderna". Zsigmondy había nacido en Viena, pero tanto por el lado paterno como el materno, provenía de célebres familias húngaras.
Albert Szent-Györgyi (1893-1986) Laureado con el premio Nobel de fisiología o ciencias médicas del año 1937 "por sus descubrimientos en el terreno de los procesos de combustión biológica, especialmente en cuanto a la vitamina C y la catálisis del ácido fumárico". Junto con sus colegas, también llegó a descubrimientos pioneros en la investigación de los músculos.
György Hevesy (1885-1966) fue galardonado en 1944 con el premio Nobel de química de 1943 "por la utilización de isótopos en calidad de indicadores a lo largo de la investigación de los procesos químicos". Fue el descubridor del hafnio, elemento químico Nº 72, de la tabla periódica.
György Békésy (1899-1972) fue galardonado con el premio Nobel de fisiología o ciencias médicas del año 1961 "por el descubrimiento del mecanismo físico de los impulsos nerviosos que se producen en el caracol del oído". El elemento más importante de la obra de Békésy ha sido la observación y descripción de los procesos mecánico-físicos que se producen en el oído interno y la creación de la nueva teoría referente a la naturaleza de la audición. Fue el primero en construir un aparato que realmente funcionaba de manera semejante al oído interno.
Jenõ Wigner (1902-1995) recibió el premio Nobel de física de 1963, compartido con Maria Goeppert-Mayer y Hans David Jensen "por el desarrollo de la teoría de los núcleos atómicos y de las partículas elementales, y en especial, por el descubrimiento y la aplicación de los principios fundamentales de la simetría". Wigner jugó un papel destacado en la utilización de la energía nuclear con fines pacíficos y en condiciones seguras. Fue el primer ingeniero de reactores de la historia.
Dénes Gábor (1900-1979) fue uno de los pioneros de la teoría de la información. En 1946 fue publicado su ensayo titulado "Theory of Communication". En 1947 descubrió el principio de la holografía. Fue laureado con el premio Nobel de física de 1971 "por el descubrimiento del método holográfico y por su contribución al desarrollo del mismo". Tras el descubrimiento del principio del Laser, se abrieron nuevos horizontes con múltiples posibilidades ante el procedimiento holográfico. El resultado de ellos: la imagen tridimensional, estereoscópica.
John C. Polanyi (1929- ) Recibió el premio Nobel de química de 1986 compartido con Dudley R. Herschbach y Yuan Tseh Lee, "por las investigaciones realizadas en el terreno de la dinámica de los procesos químicos elementales". Polanyi nació en Berlin, hijo de Mihály (Michael) Polányi, químico y filósofo de fama mundial, como descendiente de una familia de intelectuales que jugó un papel importante en la vida cultural húngara.
Elie Wiesel (1928- ) Laureado con el premio Nobel de la paz de 1986, "fue uno de los principales dirigentes y líderes espirituales en tiempos cuando la violencia, la opresión y el racismo empañaban la imagen del mundo". En 1989 en Tel Aviv se publicó un libro acerca de aquellas personas que tanto en Hungría como en Israel son considerados enriquecedores de sus respectivas culturas. En la cubierta aparece también la fotografía de Elie Wiesel, autor del prólogo del libro escrito en húngaro.
György Oláh (1927- ) En el terreno de la química orgánica moderna, sus trabajos refutaron el dogma de las cuatro valencias del carbono y abrieron nuevos caminos para la elaboración de hidrocarburos. Entre ellos se destaca la gasolina sin plomo. Premio Nobel de química de 1994 "por su contribución a la química carbonocatiónica".
János Harsányi (1920- ) Recibió el premio Nobel de economía de 1994 junto con John Nash y Reinhard Selten "por su labor de pionero desempeñada en el terreno del análisis del equilibrio en la teoría de los juegos no cooperativos". Harsányi demostró cómo se podía analizar juegos sociales disponiendo de informaciones incompletas. Con ello sentó las bases de un ramo de investigación de desarrollo vertiginoso, la economía de la información, que toma en cuenta situaciones estratégicas donde los distintos participantes no conocen las intenciones de los demás.
La lista de los premios Nobel, hasta los últimos galardonados, testimonia de forma unánime el papel decisivo de la escuela húngara en el logro de los resultados sobresalientes. Jenõ Wigner, al recibir el premio Nobel, recordó con las siguientes palabras el "Fasori", el liceo principal evangélico: "Mi historia comenzó en Hungría, en la escuela secundaria, donde mi profesor de matemáticas, László Rátz me dio libros para que los leyera, y despertó en mi la sensibilidad hacia la belleza de su asignatura."
El padre de la holografía, Dénes Gábor, respondiendo a una pregunta referente a sus recuerdos de sus profesores y de su escuela, dijo: "Mis recuerdos del liceo son los mejores. En ese entonces Hungría era un país muy pobre, pero rico en talentos. Al menos tres de nuestros profesores de la escuela secundaria estaban a nivel realmente universitario..." Conocía los valores de su alma mater, y en una carta escrita en 1960 preguntó con preocupación: "¿sigue funcionando esa excelente escuela secundaria húngara de la que no pudo haber otra igual en el mundo entero?"
János Harsányi, respondiendo a la pregunta de qué papel juega la buena escuela secundaria en los éxitos científicos, dijo: "Juega un papel de absoluta importancia. Mi experiencia personal lo testifica, ya que mi universidad no fue tan excelente. Por ello le estoy muy agradecido a mi liceo. Varios de nuestros profesores hubieran podido ser profesores universitarios en el extranjero, pero en nuestro país no había suficientes cupos universitarios para ello. A mí me causaba un verdadero placer el poder haber sostenido serios debates con mis excelentes compañeros de estudios, en temas que iban desde la filosofía hasta la política y la sociología."
György Oláh también recuerda como una base muy buena lo adquirido en el liceo, subraya sus connotaciones internacionales y mira con optimismo el futuro del sistema escolar húngaro: "Durante ocho años estudié con los escolapios de Budapest, y eso fue una formación muy buena y sólida. Seguro que el liceo me brindó una base excelente... la premisa del trabajo científico era la buena formación básica. Desde este punto de vista el sistema educativo húngaro era excelente, y espero que lo siga siendo en el futuro..."
Pioneros de la era atómica, de la era espacial y de la información
El otorgamiento del premio Nobel es un indicador ampliamente conocido de los resultados científicos. Hay también científicos de origen húngaro que a pesar de no haber recibido el premio Nobel, tienen su merecido lugar entre los más grandes de todos los tiempos.
Una empresa gigante, la Westinghouse ha publicado un calendario de científicos para el año 1996. Se podia elegir, para los doce meses del año, a doce personalidades entre los representantes de la historia secular de las distintas profesiones y naciones. Aún entre los doce puestos es una distinción, con quién comienza y con quién termina el año.
János Neumann inaugura el año, lo finaliza Zoltán Bay, y a mediados del mismo, a la altura del mes de julio se encuentra el retrato de Tódor Kármán. En el caso de los tres personajes, la publicación norteamericana indica que Hungría fue la que los dió a América y al mundo.
De Hungria llegaron también al Nuevo Mundo Tódor Kármán, Leó Szilárd, Ede Teller, numerosos pioneros de la era nuclear, de la era espacial y de la era de la información. Es comprensible que este hecho haya llamado la atención a los investigadores y se hayan puesto a buscar el porqué.
El premio Nobel Leon Lederman, escribió este enigma de manera jocosa, resolvió el misterio de los húngaros con la ayuda de Sherlock Holmes y el ayudante del maestro detective, el Dr. Watson. Neumann y los demás son seres extraterrestres llegados del espacio, que crearon su primera base en este planeta en Budapest, luego, haciéndose pasar por emigrantes húngaros, se dispersaron desde ese lugar, y en la primera mitad del siglo XX se infiltraron en las mejores universidades e institutos de investigaciones científicas del mundo.
Conozcamos más de cerca a los "marcianos", quienes con su obra ejercieron una influencia decisiva sobre la historia de la cultura de la Humanidad incluso a nivel mundial. Ellos mismos revelaron su secreto. No vinieron del espacio sideral, pero en su carrera jugaron un papel determinante la escuela y la motivación húngaras, incluyendo el espíritu de Bolyai y Eötvös.
Tódor Kármán (1881-1963) fue el "padre" de la aerodinámica moderna y del desarrollo de los aviones y cohetes supersónicos. Desempeñó un papel decisivo en la obtención de la superioridad aérea necesaria para ganar la segunda guerra mundial. Pero aun ni siquiera había terminado la guerra mundial, cuando ya Kármán se dedicaba a cuestiones del período posterior a la victoria. Reunió un equipo de especialistas y sintetizando el trabajo del mismo, determinó en 1945, con el título Toward New Horizons, el derrotero de los desarrollos de técnica de aviación de la posguerra. En tiempos de la revolución industrial, el ferrocarril estableció contacto entre pueblos y países. Ahora, con la aviación, se hizo realidad el transporte masivo entre continentes. El espíritu de Kármán reside en la innovación constante. Más barato, más seguro, más lejos, más rápido, más alto. Saliendo al espacio, subiendo hasta las estrellas. ¡Sic itur ad astra! En la historia del premio él fue el primero en recibir la más prestigiosa condecoración científica norteamericana, la "National Medal of Science". Un cráter en el lado opuesto de la Luna y uno en Marte llevan su nombre.
Leó Szilárd (1898-1964) en su trabajo de habilitación titulado "Reducción de entropia en sistemas termodinámicos por efecto de un ser inteligente" (1926) aclaró la interrelación entre el papel generador de informaciones de la inteligencia y la II tesis principal de la termología, lo cual constituye uno de los puntos de partida de la informática y de la investigación del cerebro. Descubrió la posibilidad de la reacción nuclear en cadena y demostró la multiplicación de neutrones en el caso de la escición del uranio. Fue el iniciador del programa nuclear norteamericano. Enrico Fermi y él dirigieron el diseño y la ejecución del primer reacror atómico. También en la patente del reactor nuclear aparecen los nombres de ellos dos. "Estoy convencido de que una sola persona también es capaz de cambiar la marcha de la historia. Dedico este libro a la memoria de un hombre que nunca aspiró al poder, ni lo alcanzó, no obstante fue el iniciador de la era nuclear" - escribió Ede Teller en su libro dedicado al recuerdo de Leó Szilárd (Es mejor el escudo que la espada).
Ede Teller (1908- ) también es protagonista del "segundo encendido del fuego", la liberación de la energía nuclear. Estuvo entre los primeros que estudiaron las reacciones termonucleares y jugó un rol clave en la construcción de la bomba de hidrógeno norteamericana. Después de la segunda guerra mundial, en Estados Unidos se creó el Comité de Seguridad de Reactores, cuyo primer presidente fue Ede Teller, quien ganó el premio Fermi por su actividad desempeñada en aras del funcionamiento seguro de los reactores nucleares americanos. Varios descubrimientos físico-químicos importantes llevan su nombre (en la ecuación BET la letra T se refiere a él, al efecto Jahn-Teller).
Zoltán Bay (1900-1992) Fundador de la astronomía radárica. Elaboró un nuevo estándar métrico, aprobado a iniciativa de él por la Conferencia Internacional de Pesos y Medidas en 1983. Según éste, un metro equivale a la distancia que la luz recorre en 1/299.792.458 del segundo en el vacío. El es el primer europeo que hace cincuenta años intercambió mensajes desde Budapest con la Luna.
Los que salieron primero al espacio, lo hicieron mediante señales, de manera simbólica. Dieron los primeros pasos paralelamente y de forma independiente entre sí, De Witt y G. Valley en América y Zoltán Bay con sus colaboradores en Budapest. Zoltán Bay y sus colegas, el 6 de febrero de 1946, con la ayuda del radar elaborado en el laboratorio de investigaciones de Tungsram, con el método de visión informática de la repetición e integración de señales, captaron ecos radáricos desde la Luna.
El experimento exitoso con el radar lunar no solamente abrió las perspectivas de la investigación espacial y de los vuelos espaciales, en el futuro lejano, hacia nuevos planetas. Lo que de la era espacial ya tiene una influencia directa en la actualidad, no es el viaje interplanetario futuro, sino el intercambio de informaciones entre las personas aquí en la tierra, el gran salto a la telecomunicación global vía satélite y a la revolución comunicativa de la telecomunicación espacial.
János Neumann (1903-1957) cultivó a alto nivel numerosos terrenos de las matemáticas, desde la estructura axiomática de la teoría general de conjuntos hasta la teoría ergod. Su obra clásica fue la fundamentación matemática de la mecánica cuántica. Fue una figura determinante del programa nuclear estadounidense. Fundó la teoría de los juegos, que en 1994 obtuvo el premio Nobel, colocando asi sobre nuevas bases el pensamiento económico y político.
El nombre de János Neumann se hizo más conocido aún en el mundo entero debido a su papel desempeñado en la informática: es "el padre de los ordenadores". Hace más de medio siglo, el 30 de junio de 1945 se publicó el famoso escrito de Neumann titulado First draft on the report of EDVAC, acerca de las labores encaminadas a desarrollar el primer ordenador electrónico moderno de gran velocidad. Hasta su muerte se dedicó al tema de la nueva simbiosis, abarcadora de la tecnología y la biología, también su libro póstumo titulado The Computer and the Brain versa sobre este tema.
Sin embargo, Neumann en su iniciativa Memorandum on the Program of the High-Speed Computer del 8 de noviembre de 1945 planteó un programa que iba mucho más allá de la construcción del ordenador: "Paralelamente a la planificación y construcción de la máquina, se deberá seguir realizando otros estudios. La mayor parte del trabajo deberá llevarse a cabo una vez que la máquina esté lista y pueda utilizarse. A partir de ahí se deberá utilizar la máquina misma como medio experimental".
Tras la finalización exitosa del proyecto, la creación del ordenador según el principio Neumann, pasó a "la mayor parte del trabajo". Colocó en el blanco de sus investigaciones ulteriores el análisis del progreso de la técnica de la información y de la técnica en general, así como del impacto de dicho progreso sobre la sociedad y del futuro de la Humanidad que depende de ello.
¿Cómo podemos sobrevivir el progreso técnico?
"La misma gran esfera terrestre está sumergida en una crisis que madura rápidamente" - va directo al grano Neumann en su ensayo estratégico titulado ¿Podemos acaso sobrevivir la técnica?, y publicado en 1955. Señala que la crisis, que atañe a toda la humanidad, "no se origina de eventos casuales ni de errores humanos. Está arraigada en la relación entre la técnica y la geografía, por un lado, y entre la primera y la organización política, por el otro."
"La técnica que se está desarrollando ahora y que predominará en las décadas venideras, contradice completamente las unidades y concepciones geográficas y políticas tradicionales y sobre todo las actualmente vigentes. Esta es la crisis de la técnica que se madura."
Por esto hará falta que surjan nuevas formas y procedimientos políticos. Todas las experiencias demuestran que incluso los cambios técnicos menores a los que se están produciendo actualmente, transforman de manera profunda las relaciones políticas y sociales." "No hay remedio contra el desarrollo" - constata Neumann, y saca la conclusión final siguiente: "No sería razonable solicitar por adelantado una receta hecha y derecha. Tan sólo podemos determinar las cualidades humanas necesarias: tolerancia, flexibilidad e inteligencia."
No hay remedio contra el progreso, el avance técnico es incontenible. Sólo podemos superar la crisis, sólo podemos sobrevivir el avance científico-técnico si éste va acompañado de la modernización de la administración pública y de la vida del estado y del progreso sociopolítico, si los científicos, ingenieros y políticos se comprenden mutuamente y colaboran. Bolyai ya había comprendido esto, y luego Kármán, Neumann y sus grandes compañeros científicos, cuando apoyaron con sus consejos a la dirección del estado, y esto mismo comprendieron aquellos jefes de estado que otorgaron las condecoraciones más distinguidas a los pioneros húngaros de una nueva era mundial.
Sería poco un libro entero para poder presentar a todos aquellos que, a lo largo de los siglos, desde la esfera de la cultura húngara contribuyeron al avance de la cultura mundial. No hemos querido hacer otra cosa que dar una imagen, mediante la presentación de algunos personajes y resultados sobresalientes, de que Hungría y la gente procedente de este país enriquecieron con valores considerables la cultura universal.
A continuación completamos con unos nombres y breves biografías la lista de húngaros que han contribuido al desarrollo de nuestra civilización.
La lista no es completa - nunca será -, por lo tanto agradecemos Su contribución en castellano para ampliarla.
Bartók, Béla
(Nagy Szent Miklôs 1881 - Nueva York 1945) Compositor húngaro. Su obra arranca del nacionalismo*, para llegar en sus últimas creaciones a la abstracción musical. Su producción, que se inició con Rapsodia para piano y orquesta, comprende la ópera (El castillo de Barba Azul), el ballet (El mandarín maravilloso), la serie de cuadernos Microcosmos para piano, y varios conciertos para piano, viola, clarinete, etc., y seis cuartetos que constituyen la mayor contribución del s. XX a dicha especialidad de cámara.
Capa, Robert
(Budapest 1913 - Thai Binh, Vietnam 1954) Seudónimo de Andrei Friedmann, fotógrafo húngaro. Renovó el reportaje fotográfico con sus instantáneas de la guerra civil espańola, de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra de Indochina, etc
Gabor, Dennis
(Budapest 1900 - Londres 1979) Físico de origen húngaro, nacionalizado británico. En 1971 recibió el premio Nobel de física por la invención de la holografía
Kodaly, Zoltán
(Kecskemet 1882 - Budapest 1967) Compositor húngaro. Se formó en el conservatorio de Budapest y en París y fue, junto a Bela Bartok, un gran estudioso del folclore húngaro y principal representante de su escuela nacionalista. En su obra figuran la ópera Hary Janos (1927) y composiciones sinfónicas como Salmo hungárico (1923), Danzas de Galanta (1933) y Variaciones del pavo real (1939)
Koestler, Arthur
(Budapest 1905 - Londres 1983) Escritor húngaro nacionalizado británico. Fue corresponsal del periódico londinense News Chronicle en la guerra civil espańola y en la Segunda Guerra Mundial. Militante comunista en los ańos treinta, evolucionó posteriormente hasta convertirse en autor muy crítico con su antigua ideología. Posteriormente se interesó por temas científicos y parapsicológicos. Miembro de una sociedad de eutanasia*, se suicidó junto a su esposa Cynthia. Entre sus obras merecen destacarse el relato autobiográfico Testamento espańol (1938), las novelas Los gladiadores (1939) y El cero y el infinito (1941) y los ensayos El loto y el robot (1960) y La búsqueda del absoluto (